La intolerancia siempre ha sido una constante en zonas de cohabitación cultural. El pretendido enmascaramiento de esta execrable postura, bajo el eufemismo de la multiculturalidad, solo ha provocado bolsas sociales y urbanas, perfectamente delimitadas, donde cada cultura se ha preservado de otras e incluso alienado, provocando reductos de radicalización ante lo diferente.
El fracaso del modelo multicultural es patente en una ciudad que se precia de convivencia religiosa, a no ser que entendamos por multiculturalidad a básicamente el mestizaje gastronómico.
Cada religión celebra sus fiestas, mantiene sus tradiciones y en el caso de la islámica y la judaica en las ceremonias incluso su propia lengua.
Pero esto no quiere decir que estemos predestinados al enfrentamiento, más bien al contrario, estamos condenados al entendimiento bajo otro modelo de convivencia cultural. Diecinueve kilómetros cuadrados se antojan muy reducidos para andar esquivándonos.
El quimérico buenismo de una sociedad que ataca a propios y bendice a extraños, y la injusticia de tratar por igual a quién no lo es, son germen propiciatorio para el cultivo demencial de quienes se creen con derecho a destruir o imponer sin haberse cuestionado siquiera si tenían derecho a perturbar la paz social adquirida mediante siglos de historia.
El relativismo ético imperante en occidente, para nada ajeno a los miembros vivos de las tres grandes religiones monoteístas, ha olvidado que el complejo mundo de libertades y democracia que disfrutamos, y que ahora se tambalea, es fruto de un largo y violento proceso.
La incultura y la vanidad nos hace osados, juzgando hechos históricos bajo prismas de hoy día, dando por sentado que toda violencia ocurrida fue deleznable y que, sin lugar a dudas, se cometieron por absurdas decisiones. Nada más lejos de la realidad.
Nuestro estado de bienestar es el producto de una concatenación de enfrentamientos entre sociedades, siendo nuestra sociedad actual la superviviente.
El miedo y el odio generan confusión y la confusión es engaño. Es indiscutible que la perversión de la realidad religiosa tiene una clara intención aniquiladora, pero no hay que perder de vista que se trata de una perversión y no de la realidad.
Otro asunto diferente y nada baladí es la facilidad pasmosa con la que determinados sectores sociales pasan de la realidad a la perversión.
Para demostrar al mal que no estamos dispuestos a doblegarnos no bastará con publicar en nuestro perfil social “Je suis Charlie” sino, como ellos, tener los arrestos necesarios para denunciar públicamente a esta panda de asesinos majaderos que, recordando a Aznar, “no están ni en montañas lejanas, ni en desiertos remotos”.
El ISIS nos teme y nos odia. Somos lo radicalmente opuesto: libertades, democracia, convivencia, respeto e indiferenciación en la condición humana. Y tenemos dos opciones, o preservarlas y defenderlas, o comenzar a mirar de reojo al vecino, algo que no pienso hacer.
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