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Miénteme otra vez

Vuelven las elecciones y vuelven los enfrentamientos dialécticos entre aspirantes a sentarse en la Asamblea. Nada nuevo bajo el sol. Por mucho que se esfuerce en dar la talla, la clase política está tan desprestigiada que ya todos los discursos suenan a camelo. El ciudadano está tan harto de ellos –de los políticos– y de sus triquiñuelas y de sus propósitos inconfesables que quizá lo que haya que cambiar no sean los políticos o los partidos sino el sistema, que ya parece que no da más de sí. Si ello fuera posible, claro. Pareciera que en los periodos preelectorales los contendientes hubieran perdido, aún más, el equilibrio que se requiere haciendo alarde de un discurso chusco, vergonzoso y lamentable. Discurso que en la mayoría de los casos ni ellos mismos se lo creen. ¿Y qué se puede decir del ciudadano que está al otro lado y al que va dirigido el discursito de marras? Salvo los adeptos al partido y los que aún siguen creyendo a pies juntillas lo que sale de la boca del político de turno, el resto de la ciudadanía observa todo ello –políticos y discursos– si no con indiferencia, sí con cierto disgusto. La capacidad de resistencia intelectual del ciudadano está tan al límite –por tan limitada– que se ve inerme frente a las manipulaciones mediáticas o frente al bombardeo publicitario que opta por refugiarse en la indiferencia respecto de todo lo que el político-candidato de turno le está ofreciendo. Es lo que se conoce como el progreso de la ignorancia en beneficio del declive de la inteligencia crítica. Feo asunto ese. Palabra clave esa la de la ‘ignorancia’. La ignorancia surge triunfante de los escombros de una sociedad que ha elevado la incultura a categoría. Tiene lo que se merece, claro. Pues todo juicio crítico exige que se posea unas bases culturales mínimas para poder argumentar con cierta coherencia. Que no es poco.
Ya que se ha hecho referencia a la ignorancia, a este respecto el filósofo Daniel Inneraty advierte que la sociedad actual recupera la ignorancia como algo que debe aprender a gestionar, y se pregunta –he aquí la pregunta del millón– cuánta ignorancia podemos permitirnos.
Se ve claro que en este último caso asumimos más riesgos cuanta más ignorancia nos permitamos. Presumo que ni a ese político vocinglero y mitinero ni a sus correligionarios –ni a la mayoría de los ciudadanos– les importa un bledo la cantidad de ignorancia que podamos permitirnos ni cómo gestionarla. Sería un iluso quien esto escribe si creyera que mitineros y ciudadanos estuvieran preocupados por tales circunstancias. Caso contrario sería milagroso. Lo cierto es que en estos tiempos borrascosos nos unimos a quien dijo que la mentira ha sustituido a la ignorancia.
Lo que realmente resulta milagroso es que todavía haya ciudadanos que asistan a los mítines de los aspirantes a las poltronas. Incluso los hay que aplauden con las orejas. Está fuera de toda duda que el político ha de contar con un rebaño de crédulos dispuestos a “repetir, difundir y diseminar” lo que el político de turno estime conveniente. A veces se requiere más arte para que el pueblo se ‘trague’ lo que pudiéramos llamar “verdades saludables” que para que acepte las “falsedades saludables”. Ya nos lo advertía el jesuita Baltasar Gracián cuando escribió aquello de que “El saber más práctico consiste en disimular”. Se ha elevado la mentira política a tal arte que ya el viejo Jonathan Swift proponía crear –él la llamaba así– “una sociedad de mentirosos” dedicada exclusivamente al engaño político. Vaya con el irlandés.
Pues bien, después de toda esta disquisición, divagación o digresión –tómela el amable lector como mejor le guste– henos aquí y ahora dispuestos cómodamente a presenciar cómo el ‘artista’ de turno se las apaña para poder sacar el consabido conejo del sombrero sin que se le vea el truco.
A fe que muchos de ellos son habilidosos en tales menesteres por la cantidad de aplausos que reciben del populacho. Así pues, el espectáculo está a punto de comenzar. Estén atentos al espectáculo y apaguen sus móviles. Y suerte.

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