“Mi trabajo consiste en pintar las luces que se esconden en las sombras”.

Del once al treinta y uno de agosto se expone, en el Museo del Revellín, veinticinco acuarelas realizadas por la pintora barcelonesa María Estrada Joval, que visita por vez primera Ceuta. Puede ser una casualidad; puede que sea un imán que se une impulsado por el mismo viento; o puede que la errónea percepción del periodista le lleve a pensar que ‘aquellas pequeñas cosas’ que canta Serrat sean en realidad esas grandes emociones que pinta María Estrada Joval y que ahora podrán disfrutar todos los ceutíes o aquellos turistas que sientan ‘pellizco’ por el arte de calidad.
Porque, del once al treinta y uno de agosto –de lunes a sábado, de 10:00 a 14:00 horas y de 19:00 a 21:00 horas; domingo y festivos de 11:00 a 14:00 horas–, se expone en el Museo del Revellín una galería de acuarelas que llegan a la Ciudad por suerte pero por casualidad.
–¿Por qué expone una pintora barcelonesa en una pequeña  ciudad como Ceuta?
–Casi por casualidad. A lo largo de mi vida he tenido un fuerte vínculo con Canarias, y fue allí donde conocí a un ceutí aficionado a la pintura que le agradó mi obra. Este hombre hizo fotos a mis cuadros y las presentó a la dirección del Museo que, al poco tiempo, me llamó por teléfono para concretar una exposición.
–¿Había visitado nuestra ciudad en alguna ocasión?
–Ésta es la primera vez y, a tenor de lo que me está gustando, espero que no sea la última. En los pocos días que llevo aquí, he gozado con los paisajes de este lugar, como Benzú, con esa preciosa vista de la mujer dormida a lo lejos, he degustado algún que otro té delicioso.
–Observando esa caída del sol que brilla sobre el cuello de la mujer dormida, ¿no le han entrado ganas de tomar el  lienzo y dar rienda suelta al talento?
–Mire, mi hija está deseando, y por ello me insiste a menudo, que retrate a sus hijos, o sea a mis nietos, pero no consigo satisfacer sus peticiones porque soy, como mi acuarela, una pintora atípica. Se lo explicaré mediante un ejemplo: si ante mis ojos se presenta una puerta de madera de tamaño descomunal, mis ojos se detendrán en un pequeño detalle, en una marca de una esquina, en una hendidura colocada debajo de la cerradura o en aspectos parecidos.
–Tendrá a su hija un tanto molesta...
–(Risas) Ya está acostumbrada. Hace poco compré en un hipermercado una coliflor y, como me gustó la textura, la pinté. Ella, mi hija, me dijo: “Mamá, cada día pintas cosas más raras”.
–¿Se considera usted una pintora ‘rara’?
–Mi pintura es hiperrealista; mi acuarela atípica.
–¿Por qué es atípica?
–Es, como todas las acuarelas aguada, pero al mismo tiempo es limpia, domina el color y el volumen: unir los tres aspectos no es común. Además, tal vez movida por los cánones que rigen la publicidad –Estrada es licenciada en Publicidad Gráfica, “de las de antes, de las que trabajaban a mano, que tiene mucho más mérito, no como ahora que hacen todo a ordenador”–, mi visión y ejecución es muy esquemática, directa, conmovedora, rompedora: me siento más cómoda pintando un paisaje duro, agreste, como un volcán en erupción, a unas florecillas de primavera.
–Es decir, que la exposición no es apta para menores.
–Es una exposición abierta para todo aquel que sea sensible, que aprecie, por ejemplo, la claridad que habita en la oscuridad porque una oscuridad jamás es negra del todo, hay un mundo de matices, muy rico, que navengan por ella. Ahí entra mi trabajo, en pintar las luces de la sombra. Por esta razón, los primeros planos y el color, los hago al natural. Ahora estoy trabajando con pinceles muy finos, sobre la textura de una barbacoa, sobre esa gama de color que deja la brasa.
–Esto es una manera de crear arte muy minuciosa, que exige un arduo trabajo, ¿no es verdad?
–Así es. Para hacer un cuadro tardo de seis a ocho horas diarias, durante, más o menos, un mes. Pero a mí me encanta, es una actividad apasionante, una materia que estaba dentro de mí desde la infancia, desde que iba a fotografiar, en blanco y negro, y a pintar las Ramblas. También allí descubrí una pasión, las piedras, que siempre llenaban los bolsillos de mi ropa.
–¿Tendrá que tener cuidado el que acuda a la exposición con no tropezas con alguna piedra?
–(Risas) Como mucho, entre los veinticinco cuadros que componen la galería, podrá ver alguna piedra en acuarela.
–Y hasta podrá llevársela a casa, metiéndola en su particular bolsillo.
–Sí, todos los cuadros están en venta, aunque alguno me gusta tanto que ciertamente me daría lástima venderlo. Mi preferido es la cripta de Gaudí.
–Bueno, si lo vende, podrá hacerlo otra vez.
–No. Sólo realizo un ejemplar: la persona que adquiera un cuadro no sólo se llevará calidad sino también exclusividad.

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