Categorías: Opinión

Mejor nada

La carta escrita por el Rey de España publicada el pasado martes conjuga a la perfección con la situación del país: fue escueta y confusa. Si bien es cierto que la idea esencial de unidad y sacrificio colectivo es clara, algunos tramos desentonan bruscamente con el mismo contenido de armonía. No solo porque lo contradiga de soslayo, sino porque, al mismo tiempo, se arroja por derroteros fuera de lugar.
Personalmente me han llamado la atención cuatro partes. La primera se puede leer en el segundo párrafo de la carta: “En estas circunstancias, lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas”. Aunque todos somos conscientes de que las cartas escritas por el Rey encierran contenidos que no se explicitan, no estaría de más que alguien puntualizara a qué quimeras y heridas se refiere. ¿Con quimeras hace alusiones a las pretensiones de los independentistas catalanes, a los movimientos de la ciudadanía por un sistema democrático más limpio, o a qué exactamente? ¿Y a qué heridas hace referencia?, ¿a las que históricamente han brotado con razón de la insumisión catalana?
Inmediatamente después en ese mismo párrafo se lee una segunda parte sorprendente: “No son estos tiempos buenos para escudriñar en las esencias ni para debatir si son galgos o podencos quienes amenazan nuestro modelo de convivencia”. En realidad, desde hace mucho tiempo se han escudriñado “en las esencias” y debatido “si son galgos o podencos”, no es un hecho que se esté desarrollando en este momento. Y, por supuesto, se tratan de disquisiciones más serias y profundas de lo que al parecer cree el Rey utilizando ese dicho popular. Lo que está ocurriendo en estos momentos es que todo ese debate anquilosado ha explotado salvajemente ante la lamentable situación actual. Es cierto que el rey de un país debe invocar la conciliación, pero creo que debería hacerlo con una argumentación sólida, y no exhibiendo una amalgama de frases que saltan de un registro a otro, golpeando aquí y allá a los descontentos, y en absoluto a aquellos que han generado estas circunstancias, todo ello esparcido con una tonalidad política evidente. Como es lógico, los irruptores forman un bloque anónimo, al contrario de los que llevan las riendas, con los problemas que ocasionaría una carta exigiendo orden a los poderes con tanta rotundidad como se llama a la concordia de los exhaustos.
Por otro lado, el deseo de que rebroten con viveza los valores de la Transición Democrática, presente en el tercer párrafo, sella la carta con un hedor complicado de inhalar. Se han de tener en consideración las circunstancias que rodearon a la Transición Democrática y comprender que no tienen absolutamente nada que ver con el aura que rodea a cuanto acontece en la actualidad. Los valores de la transición fueron, en forma y contenido, valores que solo se pueden entender dentro de un delicado contexto de tensión y miedo. No se les puede pedir a los independentistas de la región de España que ustedes quieran que no lo sean haciendo mención a esos valores, que fueron forjados a base de martillazos de inseguridad, porque no conseguiría apaciguar la situación sino agravarla. En numerosas ocasiones los independentistas e incluso los últimos movimientos ciudadanos han pedido replantear el sistema nacido de la transición, pues consideran que vio la luz en medio de unas presiones que limitaron su modernidad y su capacidad de evolución.
Por último, y aunque es una frase perteneciente a la primera mitad de la carta, he querido dejar para el final lo siguiente: “Estamos en un momento decisivo para el futuro de Europa y de España y para asegurar o arruinar el bienestar que tanto nos ha costado alcanzar”. ¿Que por qué en último lugar? Simplemente porque es el cénit de todo lo que me ha sorprendido: mientras censura solamente a unos a lo largo de la carta, pide el esfuerzo de todos porque “estamos en un momento decisivo”.
Es decir, solo unos cuantos, casualmente los que no ostentan ni pizca de poder, son los reprendidos, pero cuando ha de arrimarse el hombro lo tenemos que hacer “todos”, que bien podría traducirse por “los ciudadanos de a pie”. Por cierto, ¿a qué bienestar se hace mención?, ¿al del pueblo o al de los que ya viven más que bien? Demasiadas inconcreciones.

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