Categorías: Opinión

Mediatizando las filtraciones

No hay quien no sepa por conocimiento histórico o intuición humana en qué términos se mueve la comunicación de la diplomacia de los diferentes países del mundo. Y, guste más o menos, es lógico que dicha diplomacia tiene el derecho a tener una opinión formada sobre los diferentes países, líderes y sistemas, tanto con los que mantienen relaciones como con los que no, porque la opinión es una libertad irreprimible, o al menos por eso dicen luchar los países democráticos. Pero la hipocresía de un mundo que, aun sabiendo qué se cuece, se alarma cuando se hace absolutamente público, no atiende a ningún razonamiento cuando los mecanismos mediáticos le hierve la sangre.
Por otro lado, durante todo este tiempo el periodismo se ha encargado de publicar una parte sustancial de lo que se ha hecho público en estos momentos, aunque antes, al no conocer la fuente directa de las informaciones, estas podían caer en el descrédito con  mayor facilidad. Así pues no me asombra ni el contenido, ni que haya ocurrido un acontecimiento de estas características, ni siquiera, si me apuran, le veo una gravedad excesiva, puesto que son expresiones totalmente subjetivas de funcionarios de segunda y tercera línea acerca de procesos de los cuales no son más que un eslabón más.
Ahora bien, el impacto internacional que ha sabido plasmar magistralmente la prensa, dándole una importancia capital, sí que es grave y va a repercutir desde el minuto cero al mantenimiento y a la evolución de las relaciones mundiales estadounidenses. Este hecho sin precedentes (por las infraestructuras de comunicación principalmente) va a marcar un titánico cambio en la diplomacia internacional; tanto del planteamiento como de las medidas de seguridad, acompañados de expresiones y escritos más laxos y sutiles durante los primeros tiempos de esta transición, por si las filtraciones se volvieran a dar.
Por su parte, la primera respuesta ante este terremoto mediático (dejando al margen los perdones no debidos pero sí necesarios) ha sido terriblemente esperpéntica, pidiéndose que se considere a “WilkiLeaks” como una formación terrorista cuando su cometido es el mismo de cualquier diario del mundo, menos de aquellos que se encuentran bajo represión gubernamental. El problema, más que de “WikiLeaks”, está en los personajes que se dedican a filtras dichos informes, a los cuales no debe de ser demasiado complicado darles caza, sabiendo a la perfección de dónde han salido y quiénes tienen acceso a los polémicos cables.
Por lo tanto, la cruzada que se ha armado de repente para hundir el proyecto de Julian Assange no tiene sentido alguno, pareciendo más un intento de desviar la atención y contra el que expeler todas las frustraciones y la tensión acumulada en los últimos días por los yanquis. La solución, desde luego, no la van a encontrar ahí.

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