Ceuta volvió a situarse detrás de Melilla con la mayor tasa de abstención de España y los abstencionistas se explican
Es común en los sistemas democráticos denostar la opción de la abstención. “¿Pero no sabes cuánto se ha luchado para lograr el derecho al voto?”, abroncan algunos. A los absentistas se les trata como apestados. “Están en su derecho”, decía ayer un vecino del Siete Colinas frente a la sede de la Delegación del Gobierno, “pero si no votan, que luego no critiquen”. La abstención se convierte así en una especie de inexistencia. Pero no. Me abstengo pero existo. Descárteme.
Los abstencionistas existen, pese a que se inclinen por no participar de la fiesta democrática. O de festejarlo a su modo. Son personas de carne y hueso. Y alguno hasta sale a la calle, también en Ceuta, que ayer volvió a ser la comunidad española con mayor porcentaje de abstención de España, solo por detrás de Melilla (ayer se abstuvo un 44,9% de ceutíes censados). A uno de los abstencionistas le tocó trabajar ayer. “Hoy los clientes vienen más tarde al restaurante. La mayoría vota antes de comer”, explicó. “¿Por qué no he votado? Hoy no se ha presentado Vivas, ¿no?”
La plaza de los Reyes era el hervidero dominical habitual. Las familias se cruzan con bandejas de pasteles Revellín arriba, Revellín abajo. Pero ayer no era un domingo normal. Fue el día en que España eligió a sus representantes para las Cortes Generales. Y no, no se presentaba Vivas, como tantos otros tampoco lo hacían. “Fui esta mañana y al no ver el partido que suelo votar me volví a casa”, decía un señor en la cola de la línea 6. “A la Pantera”. En la plaza de la Constitución no hay colas y sí hay un señor sentado en uno de los miradores del paseo de Las Palmeras, vigilando las nubes negras del Estrecho. “No me interesa”, dijo aludiendo a que no estaban, tenía entendido, las papeletas de Merkel, Sarkozy o Botín.
De la crítica a la representatividad a la de la legitimidad. Aunque hay más lamentos, tan pedestres como verosímiles. En la plaza de África una señora paseaba a su perro. Aseguró haber votado en el colegio de los Agustinos. “Pero mis padres están en Manilva y no creo que vengan a votar”, dijo. La lejanía es tanto para el dominguero como para quien, de hecho, vive en la península. “Sí, están empadronados aquí. Pero viven en Manilva”, dice mientras llama a su perra ‘Dulce’, que olisqueaba los restos de la propaganda electoral en la zona del Muralla.
A la legión de apáticos puede sumársele la de los antipáticos. Se trata del abstencionista que se toma todo muy en serio, incluido a ellos mismos. Todo, menos las elecciones. Uno de ellos estaba ayer solo en un cafetín de la Gran Vía. Defendió que el ceutí que no vota no necesita una agitación sino un ‘electroshock’. Lo de él es diferente. No significa que sea apolítico. “Es que la política hay que hacerle todos los días”, decía. ¿Y el día de las elecciones? “Ninguno me representa”, respondió. A su lado, un vecino de O’Donnell, más simpático, aseguraba lo difícil que es informarse de los programas electorales. En la televisión están las noticias de las tres y en la vitrina del local cuelgan dos periódicos. Dos más tres, cero. Cartesianismo puro.
Los dos picos de 1982 y 2011
Si Ceuta estuviera en países como Argentina, Francia, México, Bélgica, Austria, Perú o Brasil, el no ir a votar conllevaría una pena de multa, servicios sociales o aun prisión. En España, en cambio, el sufragio no es obligatorio, aunque eso se le olvide a ciertos interventores en los colegios electorales ceutíes. Esa facultad de decidir votar o no favorece a aquellos que, en un ejercicio de tomarse la fiesta democrática como le vengan en gana, deciden no acudir a votar. La mayor abstención registrada se ha producido en las elecciones de 2011 (un 44,9% del censo no ha votado). La abstención del 29,3%, la menor, fue en 1982. Pero aquellos eran otros tiempos.
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