Ceuta, tierra de historia y sacrificio, ha sido durante generaciones cuna de hombres y mujeres que, con firme decisión, se integran en las Fuerzas Armadas españolas. No es raro encontrar familias enteras cuya vocación castrense se transmite de padres a hijos, impulsados por el amor a España, la voluntad de servicio o la esperanza de una vida estable. Muchas veces, estos motivos confluyen en una misma persona, que entrega lo mejor de sí a la disciplina militar.
Sin embargo, una dura realidad empaña esa vocación: al cumplir los 45 años, el personal de tropa profesional se ve forzado a abandonar el servicio activo, independientemente de su rendimiento, experiencia o disposición para continuar sirviendo. Esta medida, impuesta por una normativa que ya se percibe como anacrónica, representa una verdadera injusticia para quienes han entregado dos décadas —o más— al Ejército.
La paradoja es evidente. Mientras España enfrenta retos crecientes en materia de defensa y carece de efectivos en muchas unidades, se prescinde sistemáticamente de militares que no solo están en plenitud de facultades, sino que además poseen un valiosísimo conocimiento operativo y una lealtad probada. Esta desconexión entre la realidad y la legislación ha sido criticada incluso por generales y mandos intermedios, conscientes de que el valor humano no se puede por la fecha de nacimiento.
¿Acaso la veteranía no es un activo? ¿No debería premiarse la experiencia y el compromiso en lugar de penalizarlos con un límite de edad arbitrario?
El Gobierno de España tiene una deuda con estos hombres y mujeres. Ceuta, como ejemplo palpable de entrega y servicio, clama por un cambio justo y necesario. La Patria no puede dar la espalda a quienes la han defendido con honor solo porque el calendario ha avanzado. Si el Ejército es una carrera, no puede seguir siendo una carrera con final anticipado e inmerecido.
Lo sé por experiencia propia. Ingresé en el Ejército con tan solo 17 años y alcancé el empleo de Cabo 1.º. Tras cinco años de servicio, oposité con éxito a la Guardia Civil, donde serví hasta ser dado de baja por una enfermedad que me impedía portar armas, aunque no me inhabilitaba para desempeñar otras tareas administrativas. Lamentablemente, el Tribunal Médico Militar no contempló esa posibilidad.
Soy hijo de militar, y continué la tradición familiar con orgullo. Hoy, esa misma llama sigue viva en mi hija, quien sirve en el Ejército de Tierra como Sargento 1.º. Y espero con ilusión que, llegado el momento, mi nieto también decida honrar ese legado.
No hablo desde la teoría, sino desde el compromiso vivido. Y como yo, hay miles que merecen ser escuchados.
Manuel Jesús Toledo Roldán.
Guardia Civil retirado.
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