Cada día, Ceuta presencia la llegada de menores marroquíes que se juegan la vida cruzando el mar para huir de su país. No lo hacen por capricho, sino porque en Marruecos no encuentran ni futuro, ni dignidad, ni oportunidades. Huyen de un reino que, bajo Mohamed VI, acumula palacios, banquetes y caprichos millonarios, mientras su pueblo sobrevive en la miseria.
El monarca marroquí, uno de los más ricos y derrochadores del planeta, se pasea por las cumbres internacionales y posa junto a líderes mundiales, pero permite que miles de sus compatriotas —niños incluidos— tengan que buscar pan, educación y esperanza en otros países. Un país que presume de soberanía y de relaciones diplomáticas de alto nivel no puede, al mismo tiempo, empujar a sus ciudadanos a emigrar como única salida.
España y Europa no pueden asumir la irresponsabilidad y poca vergüenza de Mohamed VI.
Es necesario establecer acuerdos firmes para que todo menor y adulto que cruce de manera ilegal por la frontera sur sea devuelto a Marruecos.
Y Marruecos, en lugar de castigar a quienes regresen, debe asumir su obligación: darles trabajo, techo, sanidad y dignidad. Darles una oportunidad de vivir dignamente.
La realidad es clara: el rey marroquí podría acabar con gran parte de la pobreza de su pueblo si destinara a ello solo una fracción de lo que gasta en sus lujos. Pero no lo hace. Prefiere mantener un sistema que empuja a sus ciudadanos a arriesgar su vida en el mar, dejando a otros países la responsabilidad y el coste de mantenerlos. España ya no puede más, y es hora de exigir a Mohamed VI que cumpla con su deber y sus obligaciones.
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