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“Mañana piscina, mañana fiesta”

¿Hay algo que pueda superar la sonrisa de un niño? En la cara de Adam, de María, de Lucía y de Germán, cuatro chicos con sindrome de down, se dibuja esa curva de la satisfacción que sólo se consigue en los días elegidos, en las jornadas marcadas en el calendario con un rotulador rojo. “Venir a la piscina es una fiesta enorme para ellos”, dice Ángela, profesora de Audición, quien indica el método de trabajo que utiliza ella, en sintonía con sus compañeras de la  ‘Asociación Síndrome de Down’, durante un día de excursión: “Es necesario que sepan que están en un lugar de disfrute pero nosotras tenemos una técnica consistente en, a diferencia de sus familiares que habitualmente se preocupan en exceso, dejarle hacer cosas a su aire aunque, eso sí, siempre bajo una  atenta mirada ”.
Se refiere a actividades como ducharse y cambiarse de ropa sólos, acercarse al chiringuito para comprar un refresco y pagar ellos mismos, relacionarse entre sí sin la mediación de ningún adulto. “De este modo, potencian su socialización, es una manera de adentrarlos a la sociedad y que poco a poco pierdan el miedo de estar en el mundo sin el amparo de sus padres”.
¿Y si, por ejemplo, necesitan echarse cremas solares por la espalda y no llegan a todos los rincones del cuerpo? “En vez de acudir a nosotras, se apañan entre ellos, de ahí que veamos cómo un niño le da crema a otro y así sucesivamente, una escena que nos alegra mucho porque un clima positivo facilita el aprendizaje y el desarrollo de la personalidad”, indica Laura, también profesora de audición.
No obstante, la buena sintonía que mantienen los chicos, sólo se ve pertubada cuando sale a la palestra el asunto del fútbol: mientras Adam y Lucía son aficionados del Madrid, Germán lo es del Barcelona; María se muestra divertida, en mitad  de la guerra dialéctica. Movidos por el espíritu deportista, realizan ejercicios de estiración, movimientos hábiles que recuerdan a sus ídolos del balompié.
Al momento, se lanzan al agua y bucean, largo tiempo, como peces expeditivos. “Me gusta mucho bucear, más que nadar”, reconoce Adam, el más pequeño –diez años– de los cuatro chicos que forman la expedición de la última jornada de estas excursiones, interrumpidas en agosto “porque los chicos se van de vacaciones con los padres,  de ahí que ya hoy, casi al final de mes, sean sólo cuatro y no los diez habituales”.
Se aproxima la una y media de la tarde, hora en la que los padres recogen a sus hijos, después de dos horas y media de fiesta. Deborah, la psicomotricista, recuerda que  “uno de los niños, que hoy no está aquí, me dijo el miércoles pasado que cuando llega el martes piensa: ‘mañana piscina,mañana fiesta”. A tenor de la mirada de los chicos, todos están de acuerdo.

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