Colaboraciones

Malas fechas

No se puede elegir la fecha para estas cosas, más quisiéramos los patéticos mortales, pero la proximidad navideña de la muerte del maestro italiano Bernardo Bertolucci deja la evidencia de que la fatalidad ha llegado a los amantes de su cine como prematuro regalo envenenado.

En su hogar del maravilloso barrio romano del Trastevere, murió el pasado 6 de noviembre a la edad de 77 años, víctima de un cáncer de pulmón con el que llevaba tiempo peleando.

Polemista y polémico por naturaleza, poeta y cineasta de profesión y devoción, Bernardo Bertolucci bebió a lo largo de su vida artística de la influencia de figuras como Jean Renoir (ambos llegaron a mostrarse su admiración mutua por teléfono en una ocasión), Pier Paolo Pasolini y elementos como la libertad técnica y de expresión del realismo de la Nouvelle Vague francesa, así como de la convulsa realidad política de la Italia que le tocó vivir intensa y activamente.

Autodidacta y sin estudios técnicos previos fue en su sexta película, El último tango en París (1972), la que le catapultó al estrellato y posteriormente al infierno de la polémica más truculenta por culpa de la famosa escena de sexo entre Brando y Maria Schneider que entre unos y otros no han llegado a esclarecer lo real que fue y lo enterada que llegó a estar la actriz de lo que allí iba a ocurrir. Como sin certezas las opiniones son gratuitas, centrémonos en lo artístico…

Tras el rotundo éxito de la mencionada cinta llegó en 1976 Novecento, nada más y nada menos que 314 minutazos con la presencia de estrellones como Burt Lancaster, Gérard Depardieu, Robert De Niro o Donald Sutherland para señalar con dedo firme y sin rubor a ese fascismo todavía tan cercano en el tiempo. La epopeya narra los primeros 50 años de vida de la Italia del siglo XX y cuenta entre otros valores con la maravillosa banda sonora del gran Ennio Morricone.

Eso sí, el verdadero reconocimiento del gran público le llegó de la mano, cómo no, de Hollywood, con El último emperador (1987), esa dramática obra sobre la vida del último miembro de la dinastía Manchú, seguramente no el mejor trabajo de su filmografía, pero sí el que le dio un espaldarazo de nueve oscars, los nueve a los que fue nominada. Película por cierto que se convertiría en la primera autorizada por el gobierno de la República Popular China para rodar en la Ciudad Prohibida.

Después llegarían otros conocidos trabajos como El cielo protector (1989), El pequeño Buda (1993) o Belleza robada (1997).

No sé si se habrá marchado un santo varón, guiño para los más religiosos de estas fechas, o un tipo con más oscuros que claros, no sé si se marchó un héroe internacional, pero sí que se ha ido uno de los grandes del cine, y la noticia merece no pasar desapercibida entre preparativos, turrones y zambombas. Eso sí, también interesará el dato a los más religiosos, en una entrevista se le preguntó si creía en Dios, respondiendo con una sonrisa: “Soy ateo, gracias a Dios, como decía Buñuel”.

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