Si uno se detiene a pensar —con una mano en la barbilla y cara de filósofo griego— es realmente impresionante lo que ha logrado el ser humano en el último siglo. Hemos pasado de mirar a los pájaros con envidia y decir “ojalá pudiera volar” a dejar huellas en la luna y luego… no olvidarnos de volver, porque total, ¿quién quiere hacer turismo sin un “todo incluido”?
Hemos creado ordenadores, los hemos interconectado, los hemos hecho pensar, los llevamos en el bolsillo y la mayoría nos “afiliamos” a los mantras que nos dictan a través de ellos y de medios de comunicación manipulados, sin cuestionarnos nada porque hemos asumido que no podemos cambiar nada, salvo ser seguidores de vendedores de crecepelos e idiotas sin ninguna formación o experiencia, o algo peor: autoafirmarnos en nuestra imbecilidad banal e incultura sin sentido haciéndonos influencers de otros miles de idiotas.
Robots que operan a corazón abierto, inteligencia artificial que nos hace dejar de ejercitar el cerebro, y telescopios que nos permiten ver hasta el último estertor de galaxias o la venida de algún meteorito que nos arregle el asunto de forma definitiva. Todo esto mientras seguimos tropezando con las mismas piedras de siempre: guerras, codicia, fanatismo, y la necesidad inexplicable de dejar toneladas de basura como si las fueran a estudiar los arqueólogos dentro de siglos.
La humanidad ha demostrado una creatividad científica infinita. Ya curamos y hasta creamos enfermedades, clonamos animales, fabricamos drones que lo mismo transportan un equipo de supervivencia que te pueden pegar un pepinazo del quince, desarrollamos cosas tan imprescindibles como helados con sabor a jamón de Jabugo. Sin embargo, a la hora de solucionar problemas tan básicos como “¿y si nadie pasara hambre?” o “¿qué tal si no destruimos el único planeta habitable que tenemos a mano?”, ahí ya la cosa se pone fuera de nuestro alcance. Porque, claro, eso cotiza a la baja de likes en las redes sociales.
Y hablando de prioridades, resulta fascinante que invirtamos millones en llenar el espacio de satélites y chatarra, pero no podamos garantizar lo más básico para todos. O que los países puedan fabricar misiles que cruza medio planeta en minutos, pero no tenga un sistema de salud universal que aguante un resfriado mundial a lo bestia sin que haya millones de muertos.
Lo mismo pasa con la religión: ideada (supuestamente) para unirnos, hermanarnos, dar consuelo y promover el amor al prójimo… y que en la práctica se usa para adoctrinarnos (cepillándose el pensamiento crítico), controlarnos, justificar guerras, genocidios y censuras. Como dice “la Concostrina”: “Todas las religiones dicen que las demás son mentira, y todas tienen razón”. Así se les promete a los siervos del señor que corresponda la vida eterna, mientras buscan una tabla de salvación para muchas cosas que ya tienen remedio en este mundo -aunque no al alcance de todos- y todo controlado por unos pocos.
Mientras tanto, una pequeña élite sigue acumulando riquezas como si pudieran comprar otra vida para seguir con el yate, la mansión y el “Lambo”. Hay quien tiene tanto dinero que podría erradicar la pobreza en tres continentes… pero elige comprarse un tercer jet privado “por lo que puedan decir y no dejar de ser los reyes del mambo”. Y ahí están los informes anuales: “el 1% más rico posee lo mismo que el 99% restante”. Y ese uno, que es del 99%, no tienen la mayoría de sus necesidades básicas cubiertas, eso sí, a ser posible el iPhone más “de puta madre” que salga al mercado como meta vital.
Mejor no hablar del control de natalidad, pero no me refiero a la sobrepoblación mundial y el hacinamiento en megaciudades mientras otras zonas se vacían o se sobreexplotan, y de lo que somos testigos impasibles mientras nos comemos un puchero en el almuerzo cambiando de canal cuando salen niños reventados o catástrofes. ¡Somos los amos del mando a distancia! Me refiero a la sobrepoblación de políticos sin conocimientos ni experiencia (que primero se meten en un partido, luego les sufragamos entre todos sus carreras políticas, sus prácticas y errores en la gestión pública y con suerte nos salen pocos “trincones” y “colocadores”) y de la mancha de fascistas de todo pelaje que están resurgiendo por todo el planeta. Porque sí, la ciencia ha inventado pastillas, condones, DIUs, apps que predicen la ovulación, hasta preservativos con sabores, incluso hasta la modificación del genoma humano, pero para todos estos no han dado con la tecla en siglos y siglos de civilización.
Y claro, si todo falla, siempre podemos emigrar. Pero no con cohetes ni cápsulas espaciales (todos no tenemos la capacidad de Elon Musk), no. Emigrar por necesidad económica, climática o bélica sigue siendo un deporte extremo. Mientras a algunos privilegiados les revientan las entrañas por querer ver en un minisubmarino los restos del Titanic, otros se hacen de oro metiendo a pobres gentes en cayucos y pateras.
En resumen, somos una especie capaz de enviar un carrito teledirigido a Marte pero que ya no es capaz de comunicarse con otros si no es a través de Whassapp con la necesaria ayuda de un psicólogo para aprender a gestionar sus emociones. Que imprime órganos en 3D, pero que compra hasta un huevo frito envasado al vacío con plástico en el super.
Y así vamos, entre la genialidad y la autodestrucción, entre una nueva revolución científica y técnica jamás vista, y la involución social y humana que dudo mucho que nunca haya sido de gran calidad.
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