En este apocalipsis que estamos viviendo (alguien ha dicho que era la palabra adecuada), los que nos colocamos ante el papel para seguir con esta rutina de garabatear la hoja en blanco, se nos pasa por la mente qué decir ante unas circunstancias que mas parecieran preludiar el mismísimo fin del mundo. Y para colmo, durante estos días, quizás hoy domingo, la luna va a tomar gran protagonismo, trastocándolo todo. Y cuando a la luna, como a las personas, se le corta la teta, echémonos a temblar. Y es que el romántico satélite se va a situar más cerca que nunca de la Tierra. Las reacciones serán imprevisibles y las mentes creerán enloquecer. Atención a los que se autodefinen celosos, ya que las neuronas, esas que permanecen inactivas mientras nos rascamos el pernil, de pronto se demonizan haciéndonos caer en la insensatez de que estamos siendo dirigidos por fuerzas ocultas. Es cuando los estúpidos Otelos llenan sus cabezas de imágenes incitadoras a la venganza. Desdémona ha dejado de pertenecerle y empieza para él la ceremonia de la confusión. Lo vivió Otelo, el moro veneciano y otros miles de otelos, dejándonos a las Desdémonas, sumisas en el mejor de los casos, considerando normal toda esa violencia como macho, engrosando así el número de mujeres que empiezan a estar muertas en vida. El tema, por desgracia, comparte páginas con las emanaciones niponas; los desastres de una naturaleza que se ha puesto a la defensiva y con el pan nuestro de cada día, como son los maltratadores. Ese especimen del ser humano, verdugos de todos los tiempos, arrogantes ante su discutible hipermasculinidad y donde sólo el mero hecho de llevarles la contraria lo valoran como un ataque a sus posturas de intransigencia y, en consecuencia, merecedor del daño, sea físico o psicológico.
Y todo esto me lo ha provocado varias circunstancias: una representación , casi escolar, de la tragedia de Shakespeare, de la que me resisto a hacer el más mínimo comentario, al menos de lo que vi; la noticia, repetida por todos los “hombres y mujeres del tiempo” de las cadenas televisivas, avisándonos de esa noche lunar insólita; y la lectura de un artículo sobre maltratadores que me ha puesto la carne de gallina y que exige estar vigilante, por si algo nos toca. Sobrecogedor lo que uno de estos animales confiesa, pues , aunque es consciente de que no hay excusa alguna para la violencia, hace culpable a una pauta de comportamiento en su familia o a tener podrida parte del membrillo que tienen por cabeza. “Yo era una persona que, cuando me ponía a discutir con mi mujer, daba incluso puñetazos en la pared o rompía puertas, esto no lo veía como violencia... ahora es cuando me doy cuenta que era el paso anterior a la violencia física, que se queda ahí porque la otra persona se rebaja, no te hace frente...”.
La estupidez oteliana, pues, es incapaz de percibir que, al otro lado, la sumisa, además de no amarlo, lo que tiene es un terrible miedo.Y así puede suceder durante muchos años. El macho ha codificado que la mujer es algo que le pertenece, y lo que es más grave, esa realidad se la traslada al objeto poseido que al verse sometida a la tiranía del compañero, se afanará por sobrevivir, enganchándose a lo rutinario de su trabajo, viviendo sin ningún tipo de motivación emocional y buscando fuera lo que no encuentra dentro. Pero lo más dramático es que deja de pensar. La existencia de las Desdémonas se transforma en algo automático.
Juro que no me va en prenda escribir que uno de mis abuelos, al que no conocí, fue un maltratador. No lo supe hasta que un día, siendo niño, llegó la noticia de que había muerto. Entonces se removió el pasado y de él surgía mi abuela Socorro como una auténtica heroína, en aquella sociedad hipócrita, que no se atrevía a gritar lo que ella : “¡Se acabó!. Este cabrón ni me pone más una mano encima, ni me obliga a dormir con la amenaza de un cuchillo jamonero debajo de la almohada..”. En esta ocasión, el Otelo familiar, gigante de estatura y mirada dulce y enamoradiza, no venció. Ella lograba un distanciamiento, con el Estrecho por medio, y empezaba a vivir. Así es que, cuando llegó el telegrama, recuerdo fielmente el comentario de la abuela: “Ahora que rece por ti, tu prima la monja” . Quiero creer que las mujeres de mi familia conocen esta historia.Yo he procurado, y aquí vuelvo a hacerlo, difundirla siempre, advirtiéndoles que no hay que bajar la alerta ante estos embaucadores: “Me gustaría vivir juntos hasta el resto de la vida”, dirán repetidas veces. Y yo pregunto: ¿De la tuya o de la mía?. Vívela con tu madre o con tu prima, la que se casó con Dios, respondería mi abuela, a la que continuo viendo en aquella ocasión con una blusa roja (ella vestía de negro) en la seguridad de que, muerto el perro, se acabó la rabia.
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