Lenin es, sin duda, uno de los líderes más influyentes del siglo XX. Sin él no hubiera triunfado la Revolución de Octubre de 1917 ni el Partido Comunista ruso. Fue un hombre nacido por y para la revolución, un organizador nato de ingeniería social o política totalitaria. Gnóstico moderno, creía poseer un “conocimiento científico profundo” (el socialismo), para cuya implantación todos los medios eran válidos. En 1918 instigaba a la “eliminación de la tierra rusa de todo los tipos de insectos dañinos” (propietarios, profesores de secundaria, sacerdotes, pacifistas…), calificados como “ex personas”. Sólo entre 1918 y 1920 se produjeron 300.000 ejecuciones políticas.
Nuestro activista frenético se inspiró en los escritos de Marx, quien, con Nietzsche y Freud, son los grandes demoledores del concepto judeocristiano de “culpa” y “responsabilidad personal”. La moral queda sepultada bajo el peso de las estructuras económicas, la voluntad de poder o la libido. La persona es un títere accionado por fuerzas ciegas que conculcan su libertad responsable. En un mundo sin Dios, sin libertad interior e inteligencia directora, la dignidad humana se desvanece. Como decía Trotski: “Debemos poner fin de una vez por todas a toda esa palabrería cuáquera-papista sobre la santidad de la vida humana”.
Tan influyente como el mismo Lenin (uno en la ascensión, el otro en la caída del comunismo), y en cierto modo su antípoda, Juan Pablo II dedicaría toda su vida a “dar testimonio del Evangelio y servir a la dignidad del hombre”. No en vano, el Wadowice natal de Karol Wojtyla se encuentra a sólo 20 km de Auschwitz. A alguien que presenció como el nazismo asesinaba a sus amigos judíos, como el comunismo hacía lo mismo con millares de polacos, no era necesario explicarle el drama del totalitarismo: “la absolutización de lo que es relativo” (Benedicto XVI), la conciencia yugulada por las directrices del Estado.
Frente a la tentación del odio o la desesperación, Juan Pablo II se describió siempre como un “testigo de esperanza”. Porque “ningún siglo puede ocultar la verdad de la imagen y semejanza” (de la persona con Dios); porque el ser humano “no está solo en medio de los enigmas de la existencia: ¡está rodeado por el amor del Creador!”. En una de sus poesías exclama: “¡para, este pasar tiene sentido!”, el río de la vida no lleva al sumidero de la nada sino hacia horizontes de eternidad. Y se plantea: “¿con qué medida se medirá al hombre? […] La medida de la conciencia, la medida del espíritu abierto a Dios”. El Papa que ahora la Iglesia beatifica es, ante todo, un poeta asombrado ante el misterio de la naturaleza humana, ante su grandeza y dignidad inviolables. Un testigo del “siglo de media noche, el más atroz de los siglos” (Steiner) y que, pese a todo, clama: “¡no tengáis miedo!”.
(*) Profesor de Filosofía de la Educación de la UIC.
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