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Langostinos y gambas

Así que me pide mi niño que le narre un cuento. Y echando mano de la literatura infantil desperdigada por la casa poco  encuentro para esta noche de desvelos. Opto pues por echar mano de los otros cuentos, los que se aprenden en la calle, aquellos en los que nunca sabes si la ficción le come camino a la realidad o a la inversa. Quizá eso sea lo bueno de este tipo de cuentos, así las moralejas se viven con mayor intensidad.
Con los ojos abiertos mi niño atiende la historia del pobre empresario que compró varios kilos de gambas y langostinos para surtir su negocio y ofrecer alimento del bueno a la clientela que busca, entre sus mesas, eso que llaman buena calidad. El mentado llenó sus bolsas, dejó su dinero en el comercio local y allá que se fue caminito de su tierra pensando, como la lechera, qué platos podría ofrecer a su afamada clientela.
Así que el pobre empresario, las gambas y los langostinos siguen el mismo sendero sin pensar que iban a toparse con el ogro de los mil demonios que usa su poderío para aplastar al débil, a sabiendas de que si pierde su maná por el camino nunca le llevará ante un justiciero para que le meta mano. Eso ni pasa en los cuentos ni en la vida real. Bueno, en esta última sí, pero cuando pasa los ogros y los justicieros buscan la manera de inventarse salidas honrosas para que los primeros nunca pierdan el disfraz a pesar de amedrentar a los más pobres y los segundos salgan de sus despachos pensando que han hecho bien su trabajo. ¿Doble moral?, pregunta el chiquillo. Sí, de nuevo, la doble moral.
Pero sigamos con el cuento antes de que empieza a asomar el sueño. El ogro se topa con su víctima y termina buscándole las cosquillas aunque no las tenga, inventándose mil y una historias con tal de que el manjar no siga el camino señalado. ¿Y saben qué ocurre? ¡Bingo! que lo consigue. Los ogros logran eso y más.
El pobre empresario regresa cabizbajo a su casa sin dinero, sin compra y con el rabo entre las piernas pensando que quizá, mañana, sea otro día en el que a los ogros nos les dé por jugar a los ‘asustaviejas’ sacándose excusas baratas que calan entre quienes no saben defenderse. La moraleja del cuento requiere un desarrollo que no alcanza un crío de siete años, incapaz de asimilar las cosas que se suceden en un mundo de adultos en el que todo se complica y casi todo termina corrompiéndose. ¿Y dónde se quedaron las gambas y langostinos, madre? Eso quisiera saber, pero los ogros además de malvados son harto precavidos, así que nos quedamos con las ganas de conocer la segunda parte de este cuento. Quizá habrá que buscar a los ogros para que nos lo cuenten, porque el empresario todavía las sigue buscando. Habrá más cuentos... quién sabe... Puede.

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