Opinión

El lamento del calígrafo

Día tras día, jornada tras jornada, fue llenando su alma de senderos y horizontes. Y es que hay voces que dicen que el mundo interior también está sujeto al número infinito, siendo tantos los caminos de la posibilidad.

Cuando las oraciones son sinceras, rezuman en la memoria del calígrafo, y si son breves, así mejor.

En el concurso de las horas, el calígrafo se mimetizaba con la luz blanca de las cuartillas, y en el momento de la fricción la tinta fructificaba sobre la hoja, y así veía como germinaban las palabras. ¿Acaso existe un algo anterior?

Lejos de ser repetitiva su labor, cada palabra conseguida era un suspiro bautismal, el anuncio y principio de futuros logros.

Día tras día, bruma tras bruma. Pero había una cosa que retenía su felicidad, algún defecto que restaba valor. A pesar de ser un gran referente en la ejecución de los símbolos conocidos, el “rabillo” del número cinco se le resistía, y comprometía la armonía del monje cumplidor.

Este sinsabor siempre terminaba en el mismo pensamiento: “¿qué excusa podré interponer si al entregar mi alma se descubre tanta imperfección?”

Ya en la celda, sobre la mesa de apaño, el calígrafo completaba planas enteras para mejorar su “cinco”, y era así que se llenaron sus estanterías con fascículos de sus ejercicios, aquellos que serían los de la ilusión.

A fin de cuentas, ¿no es la imperfección la causa que separa la naturaleza humana de la divina? En algún lugar de nuestro interior, un punto se esconde y deshace la figura perfecta del círculo.

Noche tras noche, lunas tras luna, el calígrafo se asomaba a su ventana favorita y aclaraba su alma con lamentos ininterrumpidos, ante la belleza testimonial del astro eterno.

Si es que hay algo cierto, algo que determina nuestra personalidad, eso es la caligrafía; la forma con que traemos al mundo las razones más reflexivas; lejos de las prisas y de la improvisación embustera.

Si es que hay una razón que alivie el llanto de la imperfección, es el convencimiento de que la vida es una búsqueda. El alumbramiento de nuevas tierras es nuestro signo y destino. La victoria no está en llegar, está en intentarlo. La derrota está en la inatención.

Mientras tanto, los monjes calígrafos se congregaban entorno a la mesa para sorber la sopa, y en la ceremonia del café se contaban relatos legendarios de senderos y horizontes.

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