La mayor pobreza que asola al mundo no es la alimentaria, sino la espiritual, de conocimiento, comprensión y respeto.
Si tuviésemos sobreabundancia de ésta, no existiría la pobreza física. Sin embargo, a lo más que han llegado algunos gobiernos, no todos, es a mostrar cierta preocupación por organizar un sistema educativo para la adquisición de conocimientos y valores relativos; nunca por motivar y responsabilizar al individuo primero, así como a las familias, y al resto de la sociedad, a inculcar valores absolutos como son la verdad, la bondad o la belleza. Sin la necedad de este modelo ciudadano sería inexplicable como todavía existen partidos totalitarios que, con mensajes decimonónicos, encandilan a miles de electores. Sin apelar a la ignorancia es espinoso explicar que una camiseta con la foto de Franco es tan ofensiva como una con la del Che o la de Mao. Sin recurrir al obscurantismo es imposible justificar el cambio de nombre de la calle General Merry (Ponce de León) por el de Pilar Bardem, o la retirada de estatuas a Millán Astray o José Varela en sus lugares de nacimiento. Sin recurrir a la simpleza de pensamiento, que no sencillez, es difícil comprender cómo la sociedad pone el grito en el cielo por el asesinato inútil de una bellísima criatura de la naturaleza como es el león Cecil, y sin embargo enmudece ante los 100.000 abortos humanos que se practican en España cada año. Sin apelar a la ceguera o el sectarismo es embarazoso demandar la prohibición de corridas de toros y seguir consumiendo carne y pescado en la dieta. Sin recurrir a la doble moral o la hipocresía es incómodo criticar la corrupción y sí admitir trabajos en negro o engañar a la Administración Pública. Sin recurrir al odio como leit motiv sería incomprensible adoptar las medidas y propuestas que ahora realizan algunos ayuntamientos gobernados por el sombrío dueto Podemos-PSOE, o hablar de cordón sanitario a la derecha. Ningún ciudadano de bien que se precie de serlo trataría a otros como a apestados. Es difícil salir a la calle, o a internet, y no encontrarse con el pensamiento gris monótono y recurrente que engloba un modelo ciudadano de sandez, necio por ignorante, temerario por iletrado, rencoroso, que pese a decir aborrecer la política es políticamente correcto y yermo en humanidad. En ninguna escuela ni universidad enseñan ni animan a pensar. Nadie dedica tiempo a inculcar a nuestros jóvenes que una formación e información básica, y no tan básica, son necesarias antes de elaborar un juicio. Es más, sólo una institución enseña a no enjuiciar a las personas individualmente, pero esa institución, la religión católica, se encuentra en los límites de la persecución y marginación social, precisamente por enseñar que el modelo de sandez ciudadana es nefasto para la Tierra.
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