Felicidad. Al presidente de la Unión Demócrata Ceutí (UDCE), Mohamed Ali, contemplar desde la barriada Juan XXIII esas tres grandes rocas que asoman de entre las olas le inspiran una enorme felicidad. Parece a la que experimentaba cuando de niño y adolescente las visitaba cada verano. En ‘la Posa’, como llama a la zona, pasaba muchas horas, de ahí que al verse en la tesitura de tener que elegir su rincón apenas haya habido dudas. “Aprendí a nadar en la zona que en el barrio llamábamos ‘la piscinita’, además en la época de más chiquito iba acompañado de mi padre o mis tíos a ‘Boca Leona’ y en la época de adolescente nos apostábamos en la zona de la derecha”. Eran épocas, estas últimas, de radiocassete, Bob Marley, intensas charlas futbolísticas y, por qué no decirlo, también sobre chicas. De sueños cumplidos e incumplidos. Las tertulias se alternaban con pequeñas excursiones. La más fácil: hasta la ‘piedra cocodrilo’. La intermedia: intentar alcanzar la ‘piedra gorda’. Y la sólo aptas para valientes: hasta la conocida como ‘piedra del Pineo’ donde se coloca a la Virgen del Carmen. “Nosotros la llamamos ‘la piedra de Moulay Abdelkader’ y los más mayores siempre nos estaban picando para que nos atreviéramos”, rememora, “una vez un amigo y yo nos dimos la vuelta porque vimos que era imposible, nos entró el miedo, y tuvimos que aguantar las burlas unas cuantas semanas”.
Eran cinco o seis horas emblemáticas. De las que marcan la personalidad a cualquiera. “La gente pasa por aquí a menudo deprisa y no se fija, pero desde mi punto de vista la imagen es preciosa con un Mediterráneo a menudo bastante limpio”. Ahora visita la zona menos de lo que quisiera, pero este verano ha traído a los niños en un par de ocasiones para rememorar viejos tiempos. “Como aún son muy pequeñitos, no podemos nadar hasta las piedras, pero sí que hubo un rato que quedaron al cuidado de otras personas y me subí a lo alto de la piedra y me acordé mucho de aquellos viejos tiempos”.
También los recuerda cuando se encuentra con alguno de esos vecinos de la barriada. Un grupo de unos 15 chavales que, monte a través, pues ni la promoción de viviendas de Miramar ni el pabellón Díaz Flor existían todavía, se acompañaban mutuamente. Con la zona aún sin acondicionar, a esos jóvenes no les importaban los saltos que tuvieran que dar para alcanzar su objetivo. “Sé que algunos todavía vienen y, la verdad, es que me dan un poco de envidia más si cabe cuando pienso que esos tiempos no creo que se vuelvan a repetir”. Y es que esa sensación de estar disfrutando, viviendo al máximo el momento, de escapar a todo tipo de problemas, es impagable. “Los estreses y esas cosas no existían, era algo muy lejano”. Un lugar que marcó a toda una generación y todavía sigue importando mucho para todos los vecinos de Juan XXIII.
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