Opinión

La Parrala de Ceuta

Corría el año 1930 cuando --nuestra querida y añorada-- Concha Piquer estrenó la famosa copla-pasodoble “La Parrala”. De haber vivido en este siglo, estoy seguro de que habría cambiado el título y buena parte de la letra. Quizá la habría llamado “Ceuta”.

¿Por qué...? Sencillamente porque el espectáculo que están ofreciendo el ministro del Interior, Fernando Marlaska —sin Grande, por razones que todo el mundo entiende—, y la ministra de Defensa, Margarita Robles, parece escrito expresamente para aquella copla.

La cuestión es de una gravedad extraordinaria: ¿avisó el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) al Gobierno central y al delegado del Gobierno en Ceuta de que se estaba preparando una entrada (invasión) masiva de ciudadanos marroquíes, para que pudieran adoptarse las medidas preventivas necesarias? Margarita Robles sostiene que “sí”.

Marlaska sostiene que “no”, como en el famoso pasodoble de Trini “La Parrala”. Una dice que el Gobierno fue informado; el otro niega que existiera ese aviso. Y mientras ambos ministros mantienen semejante diálogo de besugos, la pregunta esencial continúa sin respuesta: ¿quién/es sabía/n qué, cuándo lo sabía/n y por qué no se actuó/aron...?

Porque aquí no estamos hablando de una discrepancia administrativa ni de una discusión semántica entre dos departamentos ministeriales. y mucho menos de “por qué bebía Trini, la Parrala”. Estamos hablando de la seguridad nacional, de la protección de la frontera española y sur de Europa y de la obligación constitucional del Estado de defender y de garantizar la integridad territorial y la seguridad de todos sus ciudadanos y, hoy, en especial, la de los 83.595 ceutíes.

Si Marlaska dice la verdad, Robles tiene un serio problema, pero si Robles dice la verdad, el problema de Marlaska es todavía nucho mayor. Lo verdaderamente intolerable es que, después de una invasión masiva de Ceuta, el ministro responsable de la seguridad interior pretenda convertir una cuestión de Estado en un ejercicio de prestidigitación política.

Marlaska lleva demasiado tiempo demostrando una extraordinaria y “servilista habilidad” para hacer desaparecer responsabilidades; cuando algo sale mal, siempre aparece una explicación, una excusa, una competencia ajena o, directamente, el silencio por respuesta. ¡Pero esta vez no hay conejo posible que sacar de la chistera, sr. Marlaska...!

Si el CNI avisó, alguien ignoró o minusvaloró la advertencia. Si no avisó, habrá que explicar por qué falló y quién debe asumir toda la responsabilidad. Lo que no puede aceptarse es que --ante una amenaza de semejante magnitud y consecuencias-- la respuesta institucional consista, en que un ministro diga que «sí» y otra ministra diga que «no».

Esto ya no es política. Esto es irresponsabilidad institucional y, sobretodo, es pura “copla” y “pasodoble” de los años 30. Marlaska debería comprender que un ministro del Interior no puede esconderse eternamente detrás de los procedimientos, las versiones interesadas y la retórica burocrática.

Cuando una frontera española queda expuesta a una entrada (invasión) masiva y el Estado no es capaz de anticiparse para protegerla o explicar convincentemente qué ocurrió, la "responsabilidad política" no desaparece porque el ministro se niegue a asumirla.

Eso solo queda bien en los pasodobles. Tampoco sale bien parada e indemne Margarita Robles. Si realmente sabe que el CNI informó con antelación al Gobierno y al delegado del Gobierno ceutí y que esa información llegó a quienes debían actuar, su obligación moral y política --no es limitarse a insinuarlo-- sino decirlo con claridad, exigir las obligadas responsabilidades y actuar en consecuencia.

Llega un momento en que la dignidad de un ministro debe estar por encima de la disciplina servilista y partidista. Si su conciencia le dice que se está ocultando la verdad sobre un asunto tan grave, Margarita Robles debería dimitir ya. No como gesto teatral, sino por coherencia moral y ética. Para demostrar que todavía existe un límite que ni siquiera el más férreo “servilismo” al presidente Sánchez puede obligar a traspasarlo.

Ceuta no necesita ministros que se contradigan públicamente mientras la frontera se desangra políticamente. Necesita un Gobierno que sepa, que actúe y que responda. De lo contrario, habrá que volver a Concha Piquer con aquellos versos de su inolvidable pasodoble “la Parrala”: “unos decían que sí, otros decían que no”..., y mientras tanto, entre evasivas, contradicciones y responsabilidades que nadie quiere asumir, la única certeza será que Ceuta quedó expuesta y que quienes tenían la obligación de protegerla siguen jugando a La Parrala.

Y esta vez “el pasodoble” no tiene ninguna gracia, pues está en juego la seguridad y el bienestar de más de 80.000 familias ceutíes españolas. Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, Lcdo. en Periodismo, ex diputado regional y ex senador autonómico del PP por Murcia

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