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La operación del rey

En una situación parecida a la del rey debe haber, en éstos momentos, varios miles o cientos de miles de españoles: esperando que les operen. Claro que en eso, en lo de aguardar una intervención quirúrgica, es en lo único que se parecen las situaciones del uno y de los otros, y aun así, tampoco exageradamente: Juan Carlos, a diferencia de sus compatriotas en ese mismo trance, no ha de hacer cola en ninguna lista de espera interminable, y sabe ya, pocos días después de haberse averiguado el género de su dolencia, cuándo, dónde y quién le operará.
El cuándo, tratándose de un acto quirúrgico, no es que tenga su importancia, sino una transcendencia vital. Si uno tiene que meterse en un quirófano para recomponerse por dentro es que tiene que meterse, es decir, que no le queda otra. Una vez establecido el diagnóstico y realizadas todas las pruebas pertinentes, el tiempo puede obrar a favor o en contra de la salud, incluso de la vida, del paciente: a favor si le operan pronto, y en contra si, cual sucede en la “recortada” Sanidad Pública, se ha de esperar semanas, o meses, o años, a que el cirujano se ocupe de uno. El cuándo, ese cuándo que automáticamente tiene ya resuelto el rey por la única razón de haber nacido en un sitio, y no en otro, y en el seno de una familia, y no de otra, es crucial, pero el dónde, siquiera desde el punto de vista político de la ejemplaridad a la que el rey debiera sumisión exquisita, no lo es menos.
El dónde, en realidad, es el qué: ¿Qué país es éste en el que los políticos, que viven de lo público y habrían de servirlo y apreciarlo, consumen sanidad privada, y educación privada, y seguridad privada, y en muchas ocasiones pagadas a cuenta del Erario, es decir, de lo que, vía impuestos, se le saca a la gente que ha de sujetarse obligatoriamente a los servicios que los políticos desprecian y que, como en la actualidad, el propio Gobierno se encarga de deteriorar? Que el mismísimo Jefe del Estado se opere en una clínica privada es, se mire como se mire, un desaire, llamémosle desaire, a la sociedad y al propio Estado que representa, y si se justifica, como se hace, diciendo que es para no molestar, el desaire, llamémosle desaire, es superior.
El quién, por el contrario, parece razonable: Cabanela, el mejor de su especialidad. A condición, desde luego, de que el hombre se quedara aquí para seguir operando a cuantos pudiera en el sistema público de salud.

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