Las obras de La Marina han planteado dudas a la vecindad desde un primer momento. Ante las quejas que presuponían que su construcción se debe más al interés de establecer un acceso directo al Casino, se argumentó que el nuevo puente acabaría con los accesos previos, difíciles de controlar y de limpiar, y de este modo se evitaría
la existencia de reductos y escondrijos donde la gente se oculta para hacer sus necesidades, entre otras cosas.
La solución de la pasarela ha ayudado a eliminar esos rincones conflictivos, sin duda. En contrapartida, sin embargo, ha generado otros. Los bajos de la reciente construcción no han tardado en ser ocupados por personas presumiblemente sin techo, como se puede deducir de unos cartones a modo de cama ubicados bajo la rampa colindante al muro del Parque Marítimo del Mediterráneo. Unos plásticos sirven de parapeto al improvisado tálamo y camuflan, de aquella manera, el inclemente receptáculo de miradas indiscretas. Una pátina de privacidad que protege, más en apariencia que en verdad, a su anónimo huésped en su búsqueda de un espacio en el que protegerse de las altas temperaturas registradas estos días y poder pasar las noches relativamente seguro de posibles asaltantes nocturnos y demás tipos de vándalos.
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