Categorías: Opinión

La marcha de MSF

La confirmación ha convertido el rumor en una realidad. Médicos Sin Fronteras abandona Marruecos, dejando atrás lo peor: el olvido. Que se marche la oenegé que denunció cómo se abandonaba a los subsaharianos en el desierto después de los famosos asaltos a la valla de 2005 es un obstáculo a la mínima garantía de los derechos humanos. MSF ha hecho mucho al otro lado de la valla. Ha hecho mucho porque ha dado voz a las personas que sufrían malos tratos, que no tenían capacidad de hacer defender sus historias o que, sencillamente, se encontraban abandonados entre dos muros: el físico que les separa de Europa y el que ellos mismos construyen sobre sus propios orígenes para evitar la deportación.
Entre los argumentos que han pesado para sustentar este abandono -al margen de la crisis- está la pasividad de los gobiernos, tanto el español como el marroquí. Cuando una entidad o una persona denuncian injusticias y no ven atendidas mínimamente sus peticiones desembarca el desánimo. Y eso es lo peor, porque termina matando ideales, luchas y, por tanto, mejoras.
MSF ha visto cómo sus denuncias sólo servían para ocupar algún espacio en los medios, sin que quienes tienen la posibilidad de hacer cambios movieran un solo dedo para conseguirlo. Todos vimos aquellas imágenes de hombres y mujeres abandonados en el desierto, muriéndose, después de haber cometido un gran delito: saltar la valla escapando de los disparos de agentes marroquíes.
Aquí sucedió. Decenas de heridos fueron rechazados por la valla aquel septiembre de 2005, y Marruecos hizo con ellos lo que quiso: dejarlos tirados en pleno desierto mientras una comitiva de eurodiputados venía a Ceuta a darse un paseo o la ex política Fernández de la Vega daba una muestra de la nefasta política migratoria aplicada.
Pierde MSF con su marcha, pero perdemos todos aquellos que luchamos, dentro de nuestras posibilidades, porque no se produzcan más situaciones injustas. Si no hay voz nadie se entera, si no hay denuncia todo sigue igual. Aquí hubo un tiempo en el que se esperaba a los subsaharianos a que se acercaran a la iglesia de África para sorprenderlos y echarlos por la puerta de atrás a Marruecos. Los que detenían sabiendo de esa ilegalidad eran los mismos que luego se santiguaban al paso del Cristo de la Encrucijada. Las cosas cambian, porque lo que no está bien hoy no lo estará nunca. Perder un órgano de expresión que permita sacar los colores es malo.

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