La galería San Jorge acoge en su nicho número 300 el cuerpo del último inmigrante hallado muerto esta semana en las cercanías de Benzú. Ayer se le dio sepultura, sin que se haya podido conocer su identidad. Otro sin papeles más -y ya superan los 80- que recibe el último adiós en el cementerio de Santa Catalina después de una travesía fallida. El vicario Francisco Correro Tocón aludía a lo “injusto” e “innecesario” de su muerte, en el breve responso ofrecido en la mañana de ayer. Recordaba el último de los entierros, hace tan sólo dos semanas, esperando “que no tengamos que volvernos a ver”. Correro tuvo recuerdos para esa familia que desde algún lugar del África subsahariana estará “esperando su llamada” y pidió más amor en una jornada en la que se celebraba la festividad del Corazón de Jesús.
Los inmigrantes fueron atendidos en el puerto deportivo por los agentes del Servicio Marítimo que les hicieron entrega de bolsas con material de Cruz Roja (arriba) y les tomaron las filiaciones (debajo). Después poco a poco fueron introduciéndose en el vehículo de la Policía Nacional para su posterior traslado al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, en donde les esperan los compatriotas que les han precedido.
Las comunicaciones entre los inmigrantes que se encuentran en el CETI y los que se esconden en los montes de Marruecos son claras. Y lo son a tenor de conversaciones que mantienen entre los recién llegados y quienes ya llevan un tiempo en el campamento. “¿Dónde están los camiones?”, preguntan unos a otros. Saben que hay posibilidad de escape por esta vía y contra eso es complicado luchar. El pasado año las escapadas en estos vehículos duplicaron a las salidas oficiales que organiza el CETI. A pesar de los fallecimientos registrados, son muchos los que han conseguido el trayecto con éxito y son ellos los que luego se encargan de llamar a sus compatriotas para informarles con pelos y señales del lugar en el que se encuentran. Los acosos en el puerto, de los que se han publicado decenas de reportajes, se completan con los que siguen produciéndose en el entorno de la planta del Hacho. Los inmigrantes esperan pacientemente el paso de los camiones y, si no han conseguido el traslado, terminan regresando de noche al campamento. El viaje en camión es el auténtico efecto llamada contra el que resulta bastante complicado lidiar.
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