Hace ya una semana y aún no hemos digerido este golpe. Una semana en que ese corazón lleno de bondad, compresión y humanidad decidió que era el momento de pararse.
Una sonrisa eterna, de esas que todas y todos deseamos tener en nuestras máscaras de carnaval, se ha ido dejando un hueco lleno de recuerdos y experiencias compartidas. Una sonrisa que, pese a su luz, nunca quería destacar sobre el resto e intentaba mantenerse en un segundo plano, desde donde nos observaba a todas y todos, para después hacer un análisis profundo de cómo había ido todo. Ese segundo plano se convertía así, de manera sutil y silenciosa, en una compañía fundamental para nuestro caminar.
Comprometida y responsable, la honestidad y pureza de esta sonrisa le impedía poder discutir con alguien, eso no entraba en su forma de ser. Por eso hablar (y reír) con ella era muy fácil.
Nos queda el vacío también de esos ojos luminosos y azules como el mar que baña las costas de nuestra ciudad, a la que tanto amaba.
Estas letras son sólo unas pinceladas de la huella que la sonrisa de Juan Carlos Rondón ha dejado tras de sí. Una huella, que, aun habiéndose marchado, nunca dejará de estar presente. Así, cuando miremos al mundo y nos riamos sin razón lógica aparente, recordaremos aquellos ojos azulados que nos enseñaron a ver la vida desde un filtro donde nada es tan importante para perturbarnos.
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