Cuando comenzamos a ojear las páginas de un libro que parece interesante, muy pocas veces nos imaginamos que pueda tener un gran impacto en nuestra manera de leer, de percibir y, muchísimo menos, de vivir. Los amantes de la lectura, como yo misma, hemos experimentado esa casi dependencia por leer, leer y leer, esas ansias por acabar con cualquier tarea rutinaria que nos impida sentarnos tranquilamente a disfrutar de las narraciones heroicas, de las novelas de acción o de un simple relato bien contado.
Te apresuras por sus líneas, por esas descripciones intrigantes de algún paisaje que te envuelve, de un bosque frondoso, misterioso, que se funde con una montaña a la que el protagonista se precipita ignorante de la suerte que pueda correr. Y ese matiz de misterio, ese halo intrigante que acompaña cada palabra, es el detonante de una inmediata inmersión en la lectura.
A medida que sigues leyendo, inconscientemente te preguntas: ¿Cómo no enamorarte de ese príncipe de ensueño que te describen, de esos paisajes fantásticos que apenas caben en la imaginación? Cada página te cautiva, te lleva a dejarte envenenar por el perfume de esa historia de la que, ya bien a principios, te hiciste protagonista, como si de una biografía se tratase.
De esta manera, parecería casi ilógico pensar que alguien prefiriese vivir una vida de atareados quehaceres, de un sinfín de estrés y de constantes demandas. Se ve como una inminente consecuencia el preguntarse… ¿realidad o fantasía?
El gran poder de las palabras reside, paradójicamente, en la aparente vulnerabilidad de las mismas. Unas simples letras que se juntan sobre un papel cuyo máximo peligro sería un corte que, si bien es doloroso, no trasciende a mucho más. Jamás llegarías a imaginar que esa colección de papel en un estante podría significar una alternativa a tu realidad, una evasión de tus penas y… ¿una pérdida de la cordura?
No es difícil, una vez te adentras en ese mundo, llegar a confundir lo que es con lo que no y con lo que desearías que fuese; o caminar por calles que no parecen tu realidad y vagar por páginas que tu mente vislumbra como verdad. ¿Acaso alguien podría decirle a Don Quijote que sin lugar a dudas era más atractivo un caballo huesudo y una inexistente Aldonza Lorenzo que un rocín bien parecido y una princesa aguardando? ¡Pecador el atrevido!
Y una vez enfrentas el hecho de contestar a esa pregunta acuciante, tu subconsciente ya ha tomado la decisión por ti, y lo poco que queda de realidad, se desvanece entre la tinta, las páginas e incontables horas de lectura.
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