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¿Puede el pánico hacer que abandonemos la opción nuclear?

La crisis económica, la ausencia de accidentes, el imparable avance del cambio climático y la disparada cotización en alza del petróleo que amenaza la estabilidad de las economías y la seguridad en los suministros, podrían haber provocado en los últimos tiempos que el número de partidarios de la nuclear fuese in crescendo. Hasta esta semana.
Después de la explosión en la central de Fukushima, se ha desatado un estado de conmoción nuclear en el mundo. El debate social y político sobre la nuclear, nunca dormido, se ha reabierto súbitamente en países que tienen centrales nucleares y donde los gobiernos se están viendo obligados a revaluar los niveles de seguridad. También en nuestro país. Esta semana el responsable de industria, Miguel Sebastián, solicitaba al CNS (Consejo de Seguridad Nuclear) la revisión de los sistemas de seguridad de todas las centrales nucleares.
Las noticias son atentamente seguidas por contrarios y defensores de la nuclear. Los detractores refuerzan sus dos argumentos principales: No hay suficiente seguridad y la gestión de los residuos está sin resolver.
De la misma forma y con la misma intensidad, los defensores de la nuclear reafirman los suyos: existe una seguridad razonable y, no existe otra alternativa ante el crecimiento brutal de la demanda energética.
Y entre las razones de unos y otros, concédanme que haga un inciso, porque el debate ha llegado hasta el punto de comparar la seguridad de las centrales construidas en el antiguo bloque soviético, como el caso de Chernóbil, con las centrales de Japón. Y eso, déjenme decirles, es una gran insensatez y frivolidad. Sobre todo, porque Chernóbil carecía de elementos tan básicos como los edificios de contención y las vasijas de seguridad para los reactores, de ahí la gravedad de su accidente.
Y mientras desde Japón intentan calmar al mundo asegurando que están tomando todos los protocolos de actuación, el pánico nuclear se da en Europa, con un comisario de la Energía invocando el apocalipsis. Paralelamente a esa paradoja, el miedo se apodera de los ciudadanos. Pero, ¿en qué medida, los trágicos acontecimientos de Japón deben modificar el debate sobre la participación de esta energía en el conjunto de opciones energéticas a nuestro alcance? Fíjense, para establecer un plan energético es necesario no obviar tres factores decisivos: la dependencia energética, el impacto ambiental y lógicamente la competitividad socio-económica. Demasiadas apuestas sobre este recurso como para desconsiderar alguna de las opciones a nuestro alcance.
No voy a negar y lejos de ser un arrebato ecologista, que lo ideal sería poder abastecernos únicamente de energías limpias, como el viento o el sol, pero desgraciadamente ni uno ni otro son constantes. Además, los ocho reactores nucleares que funcionan en España evitan la emisión anual de 40 millones de toneladas de CO2  una cantidad equivalente a las emisiones que realiza la mitad del parque automovilístico español.
Y ante tantos argumentos permítanme que ésta que escribe, haga alguna aportación al debate. Primero decir que lo ocurrido en Japón es un desastre no nuclear, es decir, el problema de los reactores ha sido consecuencia de un tsunami. Segundo, que las renovables tan sólo producen el 20% de la energía que consumimos. Tercero, que ante el imparable crecimiento de la demanda energética es absurdo abandonar una opción energética sin existir otra alternativa. Cuarto, aproximadamente el 25% de la energía consumida en el mundo se produce con las casi 500 centrales nucleares instaladas en todo el planeta.  Y por último está Kioto, es decir, si algún país decide aplicar con todo su rigor el Protocolo, le será imposible hacerlo sin recurrir a la nuclear. Y todo y aunque cueste creerlo, por una simple razón, la nuclear contamina menos.
Y, ¿quiere decir esto de acuerdo con las nucleares? Pues no exactamente. Pero, estarán de acuerdo conmigo que a día de hoy, no es posible detener esta industria. Este debate no sólo empieza aquí, sino que dudo que acabe algún día, que alternará etapas más o menos intensas en favor o en contra, pero de lo que estoy segura, es que no tiene tregua posible. Eso sí, hagámoslo lo más realista posible, sin obviar ningún factor.

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