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Inspiración: El club de los poetas muertos

Celebramos desde aquí con media sonrisa nostálgica la onomástica del estreno de una de las películas más estimulantes de la historia del cine. Junto a Braveheart, retrata el ejemplo cristalino de película que supone para el público un contagio de motivación, efusividad o simplemente ganas de no dejar escapar la vida entre los dedos,

gasolina súper para la parte rebelde del cerebro. Sirva esta mirada hacia una película que se estrenó ya con la aureola de clásico como recuerdo emotivo del añorado Robin Williams, cuyo inesperado fallecimiento no permitió que viera cómo su maravilloso personaje cumplía con lozanía nada menos que 25 años de vida en todo tipo de pantallas y formatos. Todo el mundo ha tenido o querido tener un profesor que le recuerde al inolvidable señor Keating, un buen hombre, motivador, extravagante e idealista que logre despertar entre sus alumnos la fascinación por aquello que les transmite. El profesor de literatura que a golpe de efecto y de poema deja más que claro que es un bicho raro en el exclusivísimo mundo elitista, estricto y exigente de este instituto de corte clásico en el peor de los sentidos del término.
El citado señor Keating bien pudo haber sido un hilo conductor de la notable historia, un nexo de unión entre la cercanía de los alumnos y el entorno, pero la mítica interpretación de dicho profesor por parte de un Robin Williams que estuvo nominado al Oscar por ella lo convierte en mucho más que eso; además de ensombrecer con su trabajo injustamente al resto de un joven y talentoso reparto en el que ya entonces nos topamos con nombres como los de Ethan Hawke, Robert Sean Leonard o Josh Charles, sin necesidad de presentación el primero y conocido por ser el fiel amigo del doctor House el segundo y brillante abogado en The good wife el tercero.
Pero más allá de la historia de unos muchachos inspirados por un profesor clarividente que buscan su sitio en la vida, lo que convierte esta cinta en algo especial es la atmósfera que se logra alineando astros interpretativos con una estupenda dirección de orquesta a manos de Peter Weir (también conocido por “trabajos de arte mayor” como Único testigo, Matrimonio de conveniencia, La costa de los mosquitos, El show de Truman o Master and Commander). Dicha orquesta cuenta además con dos inspirados solos de música y fotografía dignos de la mejor sinfónica.
El club de los poetas muertos, como la poesía misma, tiene una fuerza que nace del interior, que resulta difícil de explicar y cuya belleza puede uno hacer propia. Por eso, nos resistiremos a poner a este homenaje títulos mil veces usados como las archifamosas “Oh, capitán, mi capitán” de Walt Whitman o “¡Carpe diem!” para decantarnos por resumir lo definido con una palabra: inspiración. No se olviden de vivir lo más intensamente que puedan ni de saborear sin prisa la belleza que con generosidad nos rodea.

                               

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