Cuando éramos críos pensábamos en la carta de los Reyes Magos desde el verano. Cuando las horas se mataban en la calle, en pleno agosto, ya andábamos pensando qué podíamos pedirle a nuestro rey favorito. El mío era Gaspar. Cierto es que nunca me trajo lo que le pedí, pero tenía la virtud de dejarnos contentos. Si algo no ha cambiado entre los niños de antes y los de ahora es la ilusión, ya si hablamos del contenido de las cartas la cosa cambia. Y bastante.
La edad te arrebata lo más bonito que tiene un crío: la inocencia. Los adultos nos encargamos solitos de anular nuestro derecho a soñar, entregándonos a un consumismo enfermizo, a una ambición que intenta ser calmada con cuatro actos benéficos y alguna que otra misa casual. Ya nada es como antes. Ni la propia sociedad es la que nos hubiera gustado formar. Hay demasiado egoísmo, abunda el odio y gobierna la hipocresía. No es para estar orgullosos del mundo que estamos dejando a nuestros hijos. Unos hijos a los que no dejamos ser niños, a los que le arrebatamos la ilusión antes de tiempo. Unos hijos a los que queremos moldear como los mejores, tanto que hasta les elegimos la carrera que van a estudiar. "Serás esto en la vida, que tiene futuro. Tendrás el título de inglés a esta edad. Conocimientos de música a esta otra. Practicarás este deporte porque es el de moda. Y tendrás las amistades que tus padres consideren las adecuadas... Serás, serás y serás... de todo menos un niño que madura a base de equivocaciones, que mete la pata, que se enfrenta a unos padres hasta darse cuenta de sus errores, que tiene dudas, que tropieza, que suspende, que no hace todo perfecto o como los padres desean que lo haga". Parece como si quisiéramos que nuestras vidas pretendidas se repitieran, como si lo que nosotros no fuimos tuviera que encarnarse en ellos.
Volver a ser un niño quizá, hoy por hoy, no sea tan añorado como dice la canción. Volver a ser un niño quizá no tenga nada que ver con aquella inocencia que nos hacía soñar con este 6 de enero desde meses atrás, creyendo como nadie que esos magos de Oriente iban a traernos las cosas sencillas que nuestras mentes sencillas podían pensar y desear. Hoy siguen saliendo Cabalgatas, siguen viniendo los Reyes, pero quizá lo estén haciendo a un mundo en el que lo que prima debería hacernos recapacitar seriamente. Y hacerlo antes de que sea demasiado tarde.
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