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Indignado

Así es como me siento, al igual que supongo se sentirán los miles de ciudadanos que hayan visto en las pantallas de televisión la agresión sufrida por los concentrados pacíficamente en Barcelona. La orden ha partido de un petulante Consejero de Interior de la Generalitat, supongo que con conocimiento del Honorable, que en unas declaraciones nos hablaba de la necesidad de limpiar las plazas, ahora. Lo que no nos ha dicho es que en los siguientes días era la Champions. Para estos pijos nacionalistas, hijos de papá y, seguramente, estudiantes de las más prestigiosas universidades del mundo, ¡la pela es la pela!. Mientras tanto, el astuto Rubalcaba, en espera de sus primarias, nos dice que “toma nota”.
Lo cierto es que este pacífico movimiento de los indignados les está produciendo más de un quebradero de cabeza a los políticos de todos los signos. Simplemente no se lo esperaban. Y mucho menos que fuesen más allá de las elecciones. Hasta ese momento, a los que hoy empiezan a ponerse nerviosos, les había servido para lanzar algún que otro mensaje trampa poniéndose de su parte, para así captar el voto de los inocentes. Que los hay. Pero ya la cosa comienza a resultarles insoportable. Y es que ese “pelillos a la mar” con el que nos despachan a todos cuando pasa la contienda electoral cada cuatro años, parece que no convence a esos miles de jóvenes, y no tan jóvenes, que posiblemente tengan los mismos, o más, títulos que el altanero Consejero y, por supuesto, muchas más educación y vergüenza.
Daniel Innerarity nos decía en Babelia antes de las elecciones, que la indignación no es suficiente si no se pone al servicio de movimientos con eficacia transformadora.
Con este atractivo aserto, y ayudado por todo un panegírico de los descontentos, aunque en sus aspectos negativos, llegándolos a comparar con los movimientos de extrema derecha, aprovecha la ocasión para arremeter contra Stéphane Hessel, luchador de la Resistencia francesa, uno de los redactores de los Derechos Humanos y autor de ¡Indignaos!; y también contra los autores de Reacciona. Su tesis fundamental es que “en una sociedad con ciudadanía de baja intensidad, desafección galopante hacia la política, debates planos y argumentos inexistentes, cualquier llamamiento a sumarse a las críticas encuentra una inmediata acogida”.
Dicho esto en un contexto preelectoral y con unos políticos que “comprendían” a los indignados, inevitablemente te conducía a una conclusión clara: Fuera del sistema está la nada. Es decir, este catedrático de la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática, seguramente sin pretenderlo, le dice a la masa inculta y desafectada que no les queda más remedio que echarse en manos de los movimientos con eficacia transformadora. El Partido del Proletariado, para los comunistas; el Partido Nazi para los nacionalsocialistas; o el partido Baaz para los baazistas, por ejemplo (estos ejemplos son míos).
No les habla de autogestión, de mayoría de edad, de debate, de ideología, para que se conciencien. Sólo de “programas, proyectos o liderazgos que permitan un tipo de intervención social eficaz”, para que sigan alienados. Curioso.
Sin embargo, pasadas las elecciones, el escritor y divulgador científico Eduardo Punset, que no es sospechoso de extremismo de ningún tipo, animaba a los concentraos en Oviedo a que continuaran con su movimiento.
Y en un alarde de audacia intelectual comparaba este movimiento con el que se generó, más de dos mil años atrás, en la denominada “Ruta de la Seda”. Lugar de encuentro, de mestizaje, de transmisión de conocimientos e ideas. De alumbramiento de un mundo nuevo, en definitiva.
Y es que si se para uno a pensar en las razones que han llevado a estas miles de personas a mostrar su indignación públicamente y analiza las propuestas que hacen, podrá uno darse cuenta que no se trata de una masa amorfa, ni de unos niños de papá aburridos, ni de una juventud desafectada políticamente. Todo lo contrario.
Son el germen de un futuro mejor. La utopía hecha una realidad momentánea. Con la única pretensión de desaparecer como movimiento permanente, pero de permanecer en nuestras conciencias. De ahí su fuerza y su eficacia transformadora. Pero de verdad. Por lo pronto yo me voy a apuntar a esa magnífica idea de retirar todos el mismo día 150 euros de nuestras cuentas. Quizás se lleven un susto todos esos ingenieros financieros que han llevado al mundo a una de las mayores crisis de valores de la historia. A ver si prende también en Ceuta y se pone en evidencia a todos los mangantes.

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