Categorías: Opinión

Incongruencias

Como era de esperar, el cambio de ubicación de una de las estatuas de los hércules dio alas a la oposición. En plena carrera preelectoral e inmersos como estamos en tiempos de crisis, el coste económico del traslado de la del muelle Alfau fue aprovechado, como no podía ser de otra manera, para desatar el fuego de toda su artillería contra el gobierno de Vivas. No es que uno quiera ejercer de abogado del diablo, pero tal operación debió haberse llevado a cabo, precisamente cuando las estatuas de Serrán Pagán llegaron a nuestra ciudad. Nunca acerté a comprender cómo se pensó ubicarlas en plena bocana. Muy ocurrente sí, como alegoría a la imagen mitológica de las columnas hercúleas de ambos lados del Estrecho. Mas en la práctica significaba condenarlas al más completo ostracismo. Como así ha sucedido.
Distinto habría sido en otros tiempos. Me remonto a cuando la ciudadanía accedía libremente a esas dos hermosas plataformas peatonales que vienen a cerrar los diques de poniente y de levante. Cuando pescadores de caña, niños con sus bicicletas, familias disfrutando de la contemplación del incomparable paisaje que se divisa desde aquellos dos privilegiados balcones abiertos al mar, a la ciudad y al Estrecho disfrutaban del lugar, o con aquella curiosa costumbre de decir desde allí el último adiós al familiar o al amigo que iba en el trasbordador.
Una vieja estampa perdida. Antaño sí que habrían estado al pie de la ciudadanía, para cuya contemplación y deleite las creó el genial artista y paisano nuestro Ginés Serrán. Ya no. Clausuradas a cal y canto las rotondas que cierran los dos diques y con la prohibición de paso a la Puntilla y a Alfau, las esculturas quedan minimizadas desde la obligada contemplación lejana, pasando completamente desapercibidas.
El traslado de una de ellas a la plaza de la Constitución puede ser una acertada rectificación. Sin pretender justificar la acción de nadie, al menos una de las esculturas del héroe máximo de la mitología clásica ha quedado accesible a todo el mundo, engalanando además uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Preferible esto a seguir teniendo a dicho Hércules como un proscrito, arrumbado y entre rejas, tal y como lo ven en la imagen. Y una estatua más, sí señor. ¿No serán ya demasiadas? Máxime cuando tantas de ellas no nos dicen absolutamente nada. Ni siquiera fijándonos en el texto de sus placas descriptivas poco menos que ilegibles en tantas ocasiones.
Lo que a uno le duele en todo esto es que la ciudad se haya poblado de estatuas con el consiguiente serio coste económico que habrán supuesto para las arcas locales, mientras se ha persistido en la eterna dejación, abandono y el más completo desinterés hacia nuestra histórica locomotora C–1. Esa auténtica joya de la arqueología industrial y preciada pieza de museo, por la que llegaron a interesarse en su día responsables museísticos tanto del ferrocarril de Madrid como del propio de Marruecos.
Después de haber escrito en estas páginas en tantas ocasiones sobre nuestro desaparecido tren de Ceuta – Tetuán, y muy especialmente sobre su vieja estación y la locomotora, he vuelto, después de bastante tiempo, por el lugar sobre el que se asentó cabecera de la línea y no he podido por menos que sentir una honda sensación de tristeza e impotencia.
Mientras se rehabilita prácticamente de sus ruinas el edificio de la estación, la vieja máquina y su inseparable tender allí siguen. Cada vez más deteriorados por el vandalismo y por los efectos devastadores de la intemperie. Así años y años, desde que a principios de los noventa la locomotora, impecablemente conservada, quedó al aire libre, tras derribarse el hangar en el que había permanecido depositada tras su retirada del servicio, allá por 1950.
Para llorar, sí. Al menos para quienes nos duele el pasado, el nombre y las señas de identidad de nuestra ciudad. Y esa locomotora, por supuesto más que muchas de esas estatuas, es una de ellas. Se la nominó precisamente ‘CEUTA’ y, como tal, fue cedida a la ciudad por la empresa valenciana que resultó adjudicataria de la subasta de todo el viejo material rodante y de talleres que permanecía en la estación tras la desaparición de la línea en 1958.
Verdaderamente lamentable.

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