Opinión

Hércules pierde la fuerza

Si le hiciéramos caso a los mitos sabríamos dialogar con ellos, sentarnos en la mesa y, mientras se sirve el ágape, hablar de tú a tú. Hércules era hijo de Zeus, el Dios de dioses y como tal cuando nació recibió del resto de los dioses del Olimpo un montón de dones: le otorgaron valentía, ternura, bondad… pero sobre todas las cosas le otorgaron una fuerza descomunal que le acompañaría y de la que daría muestras toda su vida.

Estos días hemos sabido de este Dios de los dioses, cogió el ferri y se instaló en Septem Nostra. Nos arremolinamos en la Murallas Reales aunque las colas daban la vuelta al Castillo del Desnarigado.

Hércules llego para decirnos que la valentía, ternura, bondad y fuerza le habían sido arrebatadas por un cíclope convirtiendo aquellas virtudes en cobardía, maldad, debilidad e impiedad.

Terminó por instalarse en la ciudad y, con el tiempo, fue devorando a las personas que se dedicaban a su cuidado.

Así, esa divinidad emparentada con Zeus, quedó relegada a la mezquindad de los hombres atados a la desesperación.

Hay otro Hércules, un Hércules que anula los derechos de los trabajadores, que los amedrenta si estos alzan la voz, que deja de pagarles lo que se han ganado con el sudor de su frente.

Es curioso que cuando creemos haber conquistado nuestros derechos exista un submundo que se hace invisible para la administración, para los sindicatos, para los que tienen la obligación de perseguir unas condiciones laborales que no se cumplen como como el hecho de cobrar un salario a fin de mes.

No entendemos que el terror a denunciar, la desesperación de ser despedidos y abandonados a su suerte sigue existiendo en los asalariados, en los nuevos parias del capitalismo, en los desheredados de todas las conquistas laborales conseguidas por los que levantaron la voz haciendo sindicalismo y pagando con su vida:. Huelgas, encierros, manifestaciones. Ya los mineros asturianos pactaron un lema: “En la mina no se queda nadie” porque la unión y la solidaridad hacen la fuerza. No podemos dejar enterrados a esos “nuevos mineros” a los que no pueden hablar, ni denunciar, ni protestar. Derrocar a Hércules es lo que toca ahora.

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