El otro día leí un artículo en el que una periodista, Estefanía Molina, contaba cómo sus amigas y compañeras más cercanas, a sus 30 años de edad, empoderadas, libres, con trabajo y capacidad de decisión, dudaban sobre la involución del movimiento feminista.
Una involución que ha sido provocada porque el discurso ha sido llevado por el camino equivocado: se ha optado por llamar “histéricas” a aquellas mujeres que siguen siendo defensoras acérrimas al movimiento, y esto a su vez ha hecho que las demás, reduzcamos el feminismo a nuestro círculo más limitado, a nuestra propia vida, pero eso sí, en silencio y sin molestar. También ha hecho que mujeres como las amigas de Estefania, con oportunidades y unas altas expectativas de vida, callen su feminismo y sus reivindicaciones por miedo a que se les califique de burguesas comodonas, cuando hay mujeres que se encuentran en peor situación.
Y me llamó la atención porque lo entendí como una puñalada y crítica directa hacia la forma en la que me había estado comportando en los últimos años en relación con el feminismo, yo, a mis 23 años. Una crítica a cómo mi entorno, chicas jóvenes, empoderadas, estudiantes, y con un futuro en el que no cabía nadie que nos dijera nada, habíamos asumido que la lucha por el feminismo para nosotras había acabado, y dejábamos el griterío y las manifestaciones a las otras, a las que acabarían siendo llamadas histéricas, pero a las que tanto debemos agradecerles.
Hemos caído en el error de entender que porque nuestra vida ya haya sido creada a partir de lo que nosotras creemos feminista (pero que probablemente aún haga falta mucho y sigamos siendo oprimidas en ámbitos en los que no nos damos ni cuenta), ya no hace falta seguir alzando la voz y luchando por la igualdad en todos y cada uno de los aspectos.
Pero de los errores se aprende, y vengo a pedir que sigamos alzando la voz, que los hechos ocurridos en la última semana demuestran que sí, que sigue siendo necesaria la lucha directa, por las que ya no están, por las que vendrán, y por nosotras mismas, aunque nos creamos que ya lo tenemos todo. Que debemos seguir diciendo en alto que sí, que existe desigualdad, que existe violencia, que somos feministas y que debemos combatirla, todas, juntas. Todas y cada una de nosotras seguimos haciendo falta, independientemente del camino que ya hayamos o que creamos haber recorrido.
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