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Hablar del tiempo

Según parece, lo que más busca la gente en Internet es la predicción del tiempo, esto es, si lloverá mañana o lucirá un sol espléndido. De toda la vida se habló del tiempo cuando no se deseaba hablar de otra cosa con nuestros semejantes, bien por sospecharlos poco semejantes, bien por considerarlos demasiado y, en consecuencia, no merecedores de la suficiente confianza como para desnudar ante ellos la mente, o el corazón, en asuntos de mayor enjundia, pero Internet, que te busca lo que quieras sin necesidad de decir ni pío, no ha venido a mejorar nuestro catálogo comunicativo.

Antes, por lo menos, y aunque fuera de meteorología de andar por casa, se hablaba, pero Internet se ha apoderado del casi único tema de conversación que había, y ahora hablamos del tiempo solos, más solos que la una.
Una abrumadora mayoría de seres humanos teclea “el tiempo” en la ranura del buscador para saber lo que sabría con mayor exactitud si se espera un poco o si le preguntara a cualquier anciano del lugar, en tanto que son menos, muchos menos, los que buscan noticias sobre el ébola, Gaza, Ucrania, Irak o Siria, como si el efecto de una borrasca o de un anticiclón sobre nuestras vidas fuera mayor que el de todos esos horrores. Puede, sí, que se busque el tiempo para distraerse de todos esos horrores precisamente, y del paro, y de la explotación laboral, y de las estafas institucionales, y de los desahucios, y del rampante deterioro de la salud mental y física de la ciudadanía, y de la cleptomanía de las clases dirigentes, y del cuñado, y de las aberrantes facturas de la luz, o que la abundancia de información que recibimos sobre las tragedias que asolan el mundo hayan acabando insensibilizándonos, pero lo cierto es que con esa búsqueda masiva, convulsa, de los fenómenos atmosféricos de mañana o de la semana que viene se cierra el círculo de la regresión en que nos hemos o nos han sumido: volvemos a hablar del tiempo, sólo del tiempo, y, encima, con nadie.
Escribió Miguel Hernández que le ofendía el tiempo. Se refería al otro tiempo, al que se nos escapa sin solución como arena de las manos, pero también ofende lo suyo ese quedarse sin nadie con quien hablar, siquiera del tiempo.

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