Entraron miles. Ponerle un número exacto no debiera ser complicado, pero el Gobierno de Pedro Sánchez se afana en buscar mil y una excusas para no hacerlo. La crisis de Ceuta sigue durmiendo en las tinieblas: no se sabe el número de personas que cruzaron, tampoco las que quedan y prevalece un empeño en ocultar cualquier responsabilidad del reino que maneja, como puede, Mohamed VI.
Los enanos le crecen al rey marroquí, con más crispación cuanto más de cerca se siente el ambiente electoral.
Es imposible pensar que miles y miles de personas, entre ellas mujeres y niños, muchos bebés, pudieron emprender una especie de Marcha Verde hacia Ceuta sin que existiera un conocimiento de Marruecos y una responsabilidad.
De igual manera es imposible sostener que con los preliminares a ese día 30 en el que en Ceuta se marcó un antes y un después, ni el CNI ni los Servicios de Información hubieran avisado de la que se venía encima. Lo hicieron, tanto es así que no hacía falta más que leer las crónicas escritas desde casi 10 días antes para saber que esto podía suceder.
Se avisó del repunte migratorio y no se tomaron medidas. El verso suelto que ha supuesto la figura de la ministra de Defensa, Margarita Robles, rompe con el empecinamiento del Gobierno de Pedro Sánchez de enrocarse en la gran mentira de convertir toda una operación de ataque a un país utilizando la frontera sur de Europa en algo accidental o extraordinario.
En Marruecos esos dos conceptos no existen. Nada puede ocurrir sin que el rey lo sepa, nada se mueve sin que los agentes de información lo conozcan. La teoría explotada por un presidente osado que defiende su derecho a las vacaciones mientras toda una ciudad quedaba sometida a las mentiras y al abandono es cuanto menos un esperpento, un insulto a la inteligencia o una broma de mal gusto.
Estamos ante el giro de la crisis de Ceuta: cruz de navajas, deslealtad y Marruecos de espectador.
La Audiencia Nacional ha sido encomendada a iniciar una investigación sobre un asunto que se sostiene sobre dos patas. Una de ellas está en Marruecos. El resultado dependerá de su colaboración, nula en otras investigaciones de envergadura como la del narcotúnel.
En esta historia se olvidan los más de 140 muertos. Una cifra que tampoco se detalla. Sabemos los cadáveres recogidos en aguas españolas, no los localizados en Marruecos, un país que ha permitido que los cuerpos de los identificados no fueran enterrados en su propio país. Ha roto cualquier posibilidad de repatriación de sus propios nacionales.
Pasado prácticamente mes y medio de este golpe a la estabilidad de Ceuta que lleva a que Marruecos se frote las manos liderando una imagen de poder, el Gobierno de España ha optado por dar un giro a su política con Ceuta.
Hasta ahora había soportado casi todo, hasta bailes de ministros para soportar las iras de un pueblo caballa cansado con la situación vivida y malinterpretada en muchos de los mensajes que calan en la Península.
De ese soportar todo, de ese empezar incluso a reconocer que algo se había hecho mal (de nuevo la ministra Margarita Robles fue la primera y casi única en mostrar un perdón sincero ante los ceutíes), se ha pasado a la postura más belicosa de cuestionar al Gobierno de Ceuta acusándole de deslealtad.
La educación del mando único, ejercido por el ministro Ángel Víctor Torres, quien ha optado por deslizar que llegará el momento en el que se podrá hablar de ello, se ha pasado al mensaje del ministro bronco de Sánchez, el símil del gamberro de la clase capaz de enfrentarse con cualquier ciudadano en un tren o en un perfil en redes sociales en el que alardea de lo que luego no se hace.
Ese es Óscar Puente quien no ha dudado en acusar a Vivas de ser un mero peón de Feijóo, cuando hasta hace cuatro telediarios estaba incluso marcado por su propio partido debido a las políticas más colaboracionistas con el Gobierno de la Nación, aunque esto supusiera enfrentamientos con el propio PP nacional.
El Gobierno de Sánchez ha dado un giro. Ha introducido en su mensaje esa palabra, la de la deslealtad. Y lo hace después del Día de Ceuta, en el que dos ministros fueron abucheados y tuvieron que salir bajo las acusaciones de traidores del acto desarrollado en el Teatro del Revellín.
También lo hizo el delegado del Gobierno, Miguel Ángel Pérez Triano, a quien la sociedad caballa lo ha marcado como el culpable de todos los males por alinearse con la postura del Gobierno central. Con él están siendo especialmente duros, mucho más que con quien tiene la responsabilidad de todo lo ocurrido, un presidente del Gobierno que se marcha de vacaciones.
“Unidad y lealtad son la receta que va a permitir a Ceuta salir con más fuerza de esta crisis”, dijo el presidente Sánchez en el Congreso la semana pasada.
Un mensaje que parece haberse quebrado en un ambiente de enorme presión social en Ceuta, con miles de inmigrantes en las calles, con asentamientos tercermundistas e impropios de este país, con mujeres y niñas hacinadas, con un repunte de agresiones sexuales sin comparación con otras épocas y miles de niños a los que se debe dar una protección.
Dicen que Ceuta puede ser la tumba del Sanchismo. Las avalanchas del 30 y 31 de julio han terminado siendo un monstruo para Ceuta, pero también para el centro de España.
Ahora solo queda por saber el giro que se dará en el ciclo político que empieza este septiembre, si se apuesta por la idea de seguir un camino recto para dar con una pronta solución o hacer estallar la bomba a golpe de navajazos políticos teñidos de ideologías y acusaciones que en nada benefician a un ceutí cansado, harto y, lo más grave, cada vez más afectado en lo psicológico.
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