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Frutas Extrañas

La Vida (con “V” mayúscula) late con asombrosa fuerza en los recovecos más insospechados.

Esta es una historia de Vida en la que, como no, la intolerancia y la estupidez oscurecieron un tiempo de cualquier tipo de Luz. Como habrá entendido, nada nuevo bajo el sol. Ni en la pretérita época a la que nos vamos a referir, ni ahora.

Pero, precisamente en uno de esos increíbles meandros vitales es cuando una mágica voz, que combinaba, a partes iguales, dulzura y desolación, supo hacer temblar los cimientos de la intolerancia.

El calendario marcaba 1930 y los Estados Unidos se encontraban en plena deflagración de la “Crisis del ‘29” de Wall Street. La Gran Depresión provocó una explosión en forma de brutal crisis económica que se ramificó por casi todo el globo, durando varios años, sumiendo a muchas en la más absoluta de las miserias.

Pero, además de la podredumbre social, el país de la Estatua de Libertad seguía sufriendo una indigencia moral aguda, sobre todo en lo tocante a la población afroamericana. En la actualidad no andamos muy lejos de todo aquello porque ser negra, por ejemplo, en un control policial nunca presagia nada bueno. Puras y duras herederas de la esclavitud, esto tampoco es secreto para nadie.

El caso es que, el siete de agosto de ese árido 1930, tres adolescentes afroamericanos fueron sacados de la cárcel de Marion, Estado de Indiana (a hora y media de Indianapolis) por una ingente cantidad de “honradas ciudadanas” para ser linchados.

Se les acusaba, sin prueba alguna, de haber asesinado a un obrero y de haber violado a una joven blanca. La “kukuklanesca” turba decidió tomarse la justicia por su mano, sin que ninguna autoridad competente lo impidiese.

Finalmente, dos de esos tres niños (el tercero logró escapar) fueron ahorcados en el álamo situado, irónicamente, frente al Palacio de Justicia de Marion; todo un símbolo. El fotógrafo Lawrence Beitler tomó una instantánea (que pasó a ser una foto histórica) de los cuerpos sin vida colgando de una cuerda, rodeados de las bien pensantes y “valientes justicieras” en actitud festiva.

Éstas, eufóricas por su manera de impartir injusticia y satisfechas de su heroicidad, mostraban con gestos de alegría la “buena labor” llevada a cabo mientras señalaban con el dedo el resultado de su “hazaña”. Por si fuera poco, esa precisa foto se transformó en tarjeta postal que, unas y otras, mandaban a sus familiares con un texto en el reverso. Racismo. Asco. Horror. Bestias.

En otro recodo con los que la Vida, a veces, nos sorprende surgió Abel Meeropol, un profesor de secundaria del neoyorkino Bronx. Además de docente, Meeropol era autor-compositor, firmando sus creaciones bajo el nombre de “Lewis Allan” en memoria de dos de sus hijos nacidos muertos.


El profesor decidió plasmar, en una dura partitura, su tormento por la salvaje fotografía que mostraba a las claras el racismo sanguinario y sin sentido que asolaba su país…y que, como todas saben, se perpetraría muchas décadas más.

Y así fue como nació la canción “Strange fruit” (fruto extraño), hija del intenso dolor por tanta injusticia y de la revuelta por una esclavitud que no terminaba de ser erradicada (y lo que nos queda, allí y aquí).

En un primer momento, la mujer de Meeropol fue la encargada de interpretar la canción en asambleas de maestros, en definitiva, en círculos restringidos.

Sin embargo, la presencia en uno de esos encuentros de Barney Jonhson, dueño del neoyorkino y mítico “Café Society” (1938-1948) lo cambió todo.

El “Society”, primer club interracial de los Estados Unidos, era el lugar en él que se producía la mágica Billie Holiday. Jonhson convenció a la cantante afroamericana para que cantase “Strange fruit”. El éxito fue absoluto.

Cuando Holiday cantaba esta canción, se dejaban de servir copas, el local se quedaba a oscuras y sólo una luz cenital envolvía a la de Filadelfia, dándole aún más dramatismo, si cabe, a su interpretación de “Strange Fruit”.

La letra no necesita más presentación:

Árboles sureños dan frutos extraños

Sangre en las hojas y sangre en la raíz

Cuerpos negros balanceándose con la brisa del sur

Extraña fruta colgando de los álamos.

Escena pastoral del galante sur

Los ojos saltones y la boca retorcida

Aroma de magnolias, dulce y fresco

Luego el repentino olor a carne quemada.

Aquí hay una fruta que los cuervos pueden arrancar

Para que la lluvia junte, para que el viento succione

Para que el sol se pudra, para que caigan de los árboles

Aquí hay una cosecha extraña y amarga.

Cuando Billie cantaba este tema, las linchadas, las apaleadas, las vilipendiadas, las violadas, las quemadas vivas, las ahorcadas, las tiroteadas, las pisoteadas, las acribilladas, las acuchilladas, las ahogadas, las torturadas y, sobre todo, olvidadas de color negro, se asomaban, desde el otro mundo, para llorar en silencio junto a Holiday. Es que ni muertas tenían derecho a alzar la voz, ni descansar en paz podían, ni pueden.

Eran las parias de una sociedad que las quería esclavizadas o muertas. Ellas, las que no tenían ni derecho a ser, las que habían caducado antes de nacer como esa fruta podrida que ni siquiera aprovechan las ratas, como ese sobrante de supermercado que se prefiere tirar al contenedor antes de que otras con necesidad lo puedan consumir. Eran nada.

Y, ochenta y seis años más tarde, en esas estamos.

Aunque, como decía Sabina, el mundo parece recién pintado, lo cierto es que aún hay montones de álamos de los que, pudriéndose en vida o en muerte, cuelgan demasiadas frutas extrañas.

¿Lo duda? Veamos…

Este es el ranking mundial, según datos oficiales, de las frutas extrañas:

-Cuatro mil quinientos millones de personas no tienen acceso a sanidad, es decir, 90 veces la población de España.

-Dos mil millones de personas se enfrentan a graves problemas económicos debido al gasto sanitario, es decir, 40 veces la población de España.

Dicho de otra forma, el 40% de la población mundial carece de asistencia sanitaria (el porcentaje en el África subsahariana alcanza el 80% de la población, según un estudio de la Universidad de Salamanca).

-Dos mil cien millones de personas no tienen acceso al agua potable, es decir, 42 veces la población de España.

De estos, 106 millones, es decir más de dos veces la población de España, tienen que beber de ríos, lagos, charcos y similares. Dicho de otra forma de agua no tratada o directamente insalubre.

-Setecientos millones de personas viven en el umbral de la pobreza, es decir, 14 veces la población de España.

-Seiscientos ochenta y cinco millones de personas no tienen acceso a la electricidad, es decir 13,7 veces la población de España.

-Setecientos setenta y tres millones de personas son analfabetas, es decir 15,46 veces la población de España

-Doscientos noventa y cinco millones de personas se mueren literalmente de hambre, es decir, 13,46 veces la población de España.

-Doscientos cincuenta millones de niñas y niños no saben lo que es una escuela, es decir, 5 veces la población de España.

-Doscientos cincuenta millones de personas son refugiadas climáticas en esta década (70 000 desplazamientos al día, 2 cada 3 segundos), es decir, 5 veces la población de España.

-Cuarenta y tres millones de personas son exiliadas políticas (que no demandantes), es decir, casi toda la población de España, no puede vivir en sus países de origen porque no quieren pensar como quiere el poder establecido de turno.

Y, si estos datos aún le parecen poca cosa, siempre puede añadir a las 25.000 personas muertas en el Mediterráneo intentando alcanzar un mundo normal. Un mundo en el que se puede comer, puedan sanarte, donde dar a luz no signifique un peligro de muerte, el que se puede una expresarse libremente y en el que tus hijas e hijos pueden aprender a leer y a escribir.

Obviamente, no tenemos personalmente la culpa de lo aquí expuesto, pero, y partiendo de la base de que nuestros privilegios no nos pueden nublar la empatía, sí sería culpa nuestra no poner los medios para remediarlo. ¿Cómo? Pues, en principio, hablando abiertamente de todo ello y exigiendo soluciones a las que mandan. Eso sería una buena forma de empezar. Piénselo, porque primero tampoco le va a costar tanto hacerlo y segundo esto le permitirá mirarte sin vergüenza alguna en el espejo.

No obstante, es posible (de hecho, más que posible) que esas “frutas extrañas” nos parezcan demasiado lejanas para que puedan afectarnos, al tiempo que ajenas a nuestra cómoda y mullida realidad. En ese caso, seguro que decidiremos optar por orejeras de Louis Vuitton de imitación o preferiremos elegir el sabor de los Ferrero Rocher de saldo al amargo sabor que dejan estos frutos.


Puede también que nos creamos invulnerables y exentas frente a todas esas miserias tatuadas a fuego en la piel de otras, sin embargo, déjenos que, desde este H2SO4, le ofrezcamos otro tipo de visión.

Si nos creemos inmunes a la cuerda de las que colgaban esas “frutas extrañas”, debemos recordar que la sanidad pública es cada vez menos pública y cada vez más de tarjeta de crédito.

Tampoco podemos olvidar que las fuerzas del orden están cada vez peor dotadas, mientras que las compañías de seguridad ven subir exponencialmente sus cifras de resultados.

No debemos dejar atrás el hecho de que nuestras hijas, nietas y conocidas van a tener un acceso a la Educación pública cada vez más complicado, mientras, eso sí, los colegios privados y las “universidades SA” ocupan cada vez más metros cuadrados de aula.

Jamás olvidemos, en cuanto a derecho de la Mujer se trata (aunque realmente es aplicable a todo), las palabras de Simone de Beauvoir cuando afirmaba que: “Bastará una crisis económica, política o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados”. Pues eso.

Las negras tormentas sociales que agitan los aires están trayendo consigo una subida de la extrema derecha. La directa consecuencia de ello es un recorte de los derechos (vean a Trump, Orbán o a Milei) y un aislamiento cada vez más agudo de quienes nada tienen.

Puede también que pensemos que, por ser personas de cuidado que no se implican en la cosa pública, nada nos puede pasar. Error. La máquina del rulo compresor neoliberal no distingue entre pobres, semi pobres y clase media. Avisadas estáis.

Nuestra docilidad (¿servidumbre?) ha provocado que las que mandan nos convenzan de tres cosas fundamentales:

-Que los beneficios de los bancos son fundamentales, pero nuestro bienestar nunca.

-Que los tijeretazos al estado de Derecho son por nuestro bien.

-Que la culpa de nuestras precariedades la tienen las que están más abajo en el escalafón social y jamás las que están en la cresta.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero el panorama pinta feo.

-Las viejas estorban y sus gastos en sanidad tienen la culpa del déficit.

-Las niñas de las que no pueden pagar no cuentan y, por ello, las amontonamos en clases donde es complicado adquirir conocimientos.

-Las trabajadoras piden constantemente “demasiado mucho” mientras las empresas ganan siempre “demasiado poco”.

-Las migrantes tienen culpa de todo mal habido y por haber.

-Los bulos tienen ya rango de información que debemos creernos (y de hecho, nos los creemos a pies juntillas sin reflexionar).

-Los empleos deben ser cada vez más precarios, y con menos derechos, si queremos que haya empleo.

Llegados a este punto, quizás haya llegado el momento de pensar que nosotras, de alguna manera, también somos esas “frutas extrañas”, caducadas y perfectamente prescindibles.

Si después de todo esto seguimos creyendo que nada nos puede afectar, bueno sería mirar alrededor de nuestro cuello porque eso significa que la cuerda está ya apretándose.

Desgraciadamente, cuando llegue el momento final, ya no estará Abel Meeropol para escribir un texto con música, ni Billie Holiday para cantarlo.

Cuando llegue ese momento, para llorar a las “frutas extrañas” sólo quedarán las que estén haciendo cola, tras suya, para subirse al cadalso.

Eso sí, mientras llega el momento fatídico, si en algún momento le llega un hedor a podrido, no se extrañe, son nuestras conciencias que ya se balancean al sol, rodeadas de cuervos hambrientos. Visto lo visto, tampoco parece que las echaremos de menos.

Nada más que añadir, Señoría.

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