EFE
Con Sánchez a la cabeza del PSOE vamos a un imposible retorno, idea que nos martillean. Esta semana, con la intervención en el Congreso del líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, la confrontación política ha dado un salto irreversible. En un tono agresivo, el jefe de la oposición ha acusado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de “participar a título lucrativo en el negocio de la prostitución” como consecuencia de los recientes casos de corrupción que afectan a su entorno más cercano y que todavía no queda claro si puede conocerse nuevos e incluso que puedan afectar a la financiación de su partido.
Feijóo, que había llegado a la presidencia del PP con la promesa de recuperar el tono moderado y posicionar a este en la centralidad, parece haber cedido ante las presiones de los elementos más radicales de su partido. Son muchas las voces -especialmente desde la derecha más dura del ala más conservadora- que le empujaban a un liderazgo más férreo y que se ha hecho efectivo con el nombramiento de nuevos cargos después del último Congreso. Un posicionamiento aun más visceral contra el Gobierno y, en definitiva, más alineado con el lenguaje y las formas que han demostrado funcionarle a Vox. Abandonando Vox el hemiciclo con insultos ha demostrado Santiago Abascal que la Democracia es tan sólo un medio para alcanzar sus fines. Feijóo ha adoptando un discurso, que no solo cierra cualquier posibilidad de acuerdos a futuro con el PSOE,, sino que hace saltar por los aires el respeto institucional dentro del debate político, alineándolo con la extrema derecha. No se engañen ese cambio no ha sido fruto de la insistencia por las fotografías de Feijóo junto al narcotraficante Marcial Dorado, no lo ha sido del acaloramiento del debate político, la frase fue una decisión política precisamente analizada y calculada que delimita un antes y un después, apostándolo todo a quitar del mapa político a Sánchez para conseguir una mayoría absoluta -para la que actualmente no le dan los números- o a quedar condenados a ser socios de Gobierno de elementos muy alejados de la centralidad y la moderación.
El coste de esta deriva es todavía incalculable aunque previsible. Con esta estrategia, el PP y sus acuerdos de gobierno con Vox en municipios y autonomías -donde ya gobiernan juntos en buena parte del territorio- les mimetizan e hipotecarán en sus fines, formas y proyecto político. Ha dado un portazo a otras alternativas que se practican en Europa, cuando no hace demasiado insistía Feijóo en que él “no venía a insultar”, ha terminado por adoptar las mismas prácticas que solía denostar. Y lo hace apostándolo todo al rojo: la caída de Sánchez.
Mientras, Pedro Sánchez intenta sortear un campo minado de casos de corrupción que lo rodean y que lo desgastan en las encuestas, por muy “tezano” que se levante. Investigaciones y procesos judiciales abiertos en su entorno más cercano. Esta semana se ha enfrentado, sin más remedio a una moción de confianza encubierta, consiguiendo casi todo el apoyo parlamentario que actualmente le sostiene, eso sí, muy condicionado en corto espacio de tiempo a si se conocen nuevos casos de corrupción. Él, por su parte, recurrió una vez más al argumento de Pedro y el lobo. Ese lobo, según Sánchez, que es una derecha cada vez más ultra, que amenaza con desmontar los avances sociales logrados en los últimos años. Cosa bien cierta y que traería demasiados conflictos y enfrentamientos, cosa que nunca le ha importado nada a los sectores más conservadores y ultracatólicos españoles.
“Aparentemente, el miedo a los extremos y sus consecuencias se ha perdido. Las soluciones conjuntas, coherentes, solidarias y bien analizadas no están de moda en la nueva esfera mundial”
Podemos ha sido especialmente combativo. Sectores del independentismo catalán como la derecha catalana de Junts, por su parte, y aunque continúan sin reconocer la legitimidad política de un Estado “opresor”, siguen con la espada de Damocles de la legislatura con sus siete votos. Y aunque que permitiéndolo es evidente que Sánchez es rehén de sus votos tampoco Feijóo ha contestado a la pregunta le hacen a él reiteradamente desde ERC por parte de Gabriel Rufián: “¿Derogará ud. la ley de amnistía?
En este escenario de embarramiento político e institucional, crispación y desafección de la política por parte de los ciudadanos, surgen personajes mediáticos de las redes sociales como Alvise Pérez. Su agrupación electoral, “Se Acabó la Fiesta”, logró tres escaños en las elecciones europeas de junio de 2024 con un discurso antipolítico, conspirativo y basado en la estrategia del bulo y la desinformación. Aunque dos de sus eurodiputados —Diego Solier y Nora Junco— rompieron poco después con denuncias de autoritarismo, es bien cierto que su número de seguidores continúa aumentando.
Alvise no es solo un agitador que se presenta en las redes como una víctima de los medios convencionales y del sistema, es el producto de una nueva sociedad digital que ha desconectado de la política hastiada de la política tradicional y que buscan “soluciones” alternativas vía Telegram, TikTok, X, Instagram, YouTube, Rumble, donde actualmente se mueven millones y millones de personas víctimas de análisis simples e influencers. Hay que buscar culpables en lo que sea: migración, corrupción okupación, leyes de género, vacunas, Europa o el sistema político actual. Mensajes virales del tipo “Jesús Gil” pero que ahora tienen muchísima más capacidad de difusión.
Hartazgo y frustración, peligroso caldo de cultivo. Lo estamos viendo en Estados Unidos con Trump, en Argentina con Milei, en Francia con Le Pen, y lo estamos empezando a ver aquí. La desinformación, los bulos, el insulto, toda una poderosa y perversa estrategia.
Aparentemente el miedo a los extremos y sus consecuencias se ha perdido. Las soluciones conjuntas, coherentes, solidarias y bien analizadas no están de moda en la nueva esfera mundial que se nos plantea. Todo cada vez más radicalizado y España también va para esto al ritmo que le marcan los tiempos.
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