En mi opinión hay dos formas bien diferenciadas a la hora de abordar un problema, y cuya elección determina decisivamente la naturaleza y el coste de los hechos. Así, podemos dar respuesta estudiando la causa primera, y diseccionando el origen. O bien, podemos dar remedio comprobando la consecuencia; aunque, en este caso, la variable del azar ocupará más espacio, y la escena aparecida tendrá difícil solución.
Haciendo acopio de valentía vengo a referirme al dramático suceso ocurrido en la localidad aragonesa de Andorra, cuando una persona que padecía un brote psicótico ha sido abatida por la Guardia Civil, tras mostrarse amenazante con un objeto punzante, y sin deponer su actitud.
Entonces, ¿es posible que una persona en pleno brote psicótico se muestre agresiva? A lo que respondo: no hay causa-efecto, pero es posible. Ahora, ¿es posible que una persona sin problemas de salud mental se muestre igualmente agresiva? A lo que respondo: no hay causa-efecto, pero es posible.
Lo que ocurre es que, en el primer caso, lo único que conocemos de la persona es que tenía un diagnóstico. Y, solo si no hay tal diagnóstico, los medios proceden a explicar la circunstancia vital del individuo: si era una familia desestructurada, si había un fracaso sentimental, o si le sobrevino una ruina económica. Este desbarajuste en el tratamiento de la información sobre salud mental es el principal causante del estigma, y del cisma que existe entre la sociedad y las personas que padecemos un problema se esa índole.
"Este desbarajuste en el tratamiento de la información sobre salud mental es el principal causante del estigma, y del cisma que existe entre la sociedad y las personas que padecemos un problema se esa índole"
Pero entonces, ¿cómo podemos atajar esa posibilidad?
Desde la seguridad, mi mensaje es propositivo: fortaleciendo el sistema de atención a la salud mental con un mayor control sobre la continuidad de los tratamientos; y con la creación de equipos de apoyo domiciliario que detecten el inicio de una descompensación, ya que en una fase temprana todo resulta más sencillo y eficaz. Dándole más vigor a las terapias dentro de planes individualizados de atención. Educando a las familias.
Pero entonces, ¿cómo podemos evitar este desenlace?
Dado que es imposible reducir la variable del azar a cero, tendremos que reglamentar la intervención en situaciones de crisis con los últimos avances de la psicología en técnicas de desescalada psicótica; y también, educando al personal sanitario, de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, y a los agentes judiciales, desde el enfoque de respeto escrupuloso a los derechos humanos. La imagen aparecida nos librará del dolor de vidas perdidas, dentro de un sistema que deja demasiado espacio al azar.
Como persona que ha sufrido dos episodios psicóticos puedo decir que nunca se pasará tanto miedo, y que, si mi gestualidad era excesiva, se debía a una actitud de huida. A día de hoy el sistema no encuentra la modernidad: fui reducido e inmovilizado.
Es hora de mirarle los ojos a estos escenarios, y dibujar sobre un mapa todas las posibilidades, en lo que sería una estrategia practicable. Una estrategia que nos dignifique como seres humanos, y que nos saque de los ancestros. Un brote psicótico es una circunstancia natural.
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