La percepción que se tiene a este lado de la frontera en torno al fenómeno de la inmigración varía si nos detenemos en lo que está sucediendo al otro lado. Allí, en plena carretera, hay hombres que mantienen a diario una lucha por conseguir un trozo de pan. No están pidiendo dinero, sólo algo que llevarse a la boca. A este lado de la frontera las peleas son de otro calado, los discursos sobre la pobreza que estila la clase política, los dilemas y enfrentamientos aparentan ser pueriles si los chocamos con la auténtica necesidad. Cientos de subsaharianos se ocultan en los bosques de la vecina Tánger, serpentean su carretera arrojándose a los vehículos para coger el trozo de pan que les dan sus ocupantes o que les arrojan al suelo. Esa es la realidad que puede ver cualquier ceutí que cruce el paso del Tarajal y se aproxime unos cuántos kilómetros iniciando la carretera hacia Tánger. Comprobará que a un lado y otro de la carretera se topa con miradas de hombres, con gestos, con lamentos de quienes están reclamando comida para, después, correr a ocultarse de nuevo al monte para no ser detenido. Esa inmigración debe ser conocida, porque para poder hablar de un problema uno, cuando menos, debe saber dónde empieza y dónde acaba.
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