Poca gente ha reparado en ese grupo de tres monjas mexicanas contemplativas que obtuvieron permiso para rezar permanentemente en la Capilla del Santísimo Sacramento de la basílica de San Pedro del Vaticano, por la Iglesia en este periodo de Sede Vacante y por el futuro papa. Y junto con las suyas, en los miles de millones de plegarias que se elevaron esos días desde todo el orbe a Dios, para que escuchara las necesidades de su pueblo. Por eso, una vez más, ningún pronóstico resultó ser válido. Porque la mayoría de los “especuladores” sólo tuvieron en cuenta a 115 de las 116 personas que estaban en el Cónclave. Y esa Persona que ignoraron es la única capaz de dar la vuelta a todo lo que humanamente parece razonable: el Espíritu Santo “el protagonista supremo de toda iniciativa y manifestación de fe” (Papa Francisco). Sus caminos no son los nuestros. Su presencia convierte un cónclave en verdadero. Pero la mayoría de las personas no ha mirado al cónclave en su justa y verdadera dimensión: la de la fe y la de la esperanza. Como decía uno de los cardenales electores: “Al abordar desde categorías de análisis sociológico, político y mediático un acontecimiento como este de la vida de la Iglesia, se falla”. Y el cónclave se produjo en un ambiente de oración y de responsabilidad. Claro, que para eso hay que creer en la eficacia de la oración, como el Papa Francisco: antes de bendecir al pueblo, pidió oraciones para su predecesor y para él mismo.
Personalmente, antes no había reparado en su figura, como la inmensa mayoría de los que ahora dan a entender que le conocían casi de toda la vida. Acuden a su biografía para hacer nuevamente sus pronósticos (casi siempre errados) o para “colgarle una etiqueta”, como si se pudiera conocer a una persona por una sesión de “Google”. Yo quiero fijarme en lo que dice y hace desde que comenzó todo este asunto del Cónclave y su elección. Si lanzo la mirada atrás es para recordar sus orígenes humildes (hijo de un empleado ferroviario y una ama de casa), su actitud claramente solidaria en sus encargos pastorales y su actuación como arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina. Y todo ello apunta a que es una persona de gran corazón. Los que han trabajado con él, sólo tienen buenas palabras cuando le mencionan.
Más que al profesor y teólogo Benedicto XVI, recuerda a ese otro Papa bonachón y campechano, elegido como papa “de transición” y que impulsó una profunda renovación de la Iglesia con la convocatoria de un Concilio: Juan XXIII. Incluso sus últimas palabras de saludo al pueblo de Roma el día de su elección (“¡Buenas noches y buen descanso!”), evocan para mucha gente aquellas otras del papa Juan en el llamado “discurso de la luna”, de la noche del 11 de octubre de 1962, día del comienzo del Concilio Vaticano II. Por otra parte, ese deseo de tener presente desde un primer momento a María, recuerda también de forma directa al "Totus tuus" de Juan Pablo II».
En los gestos que ya ha tenido podemos intuir su estilo: humilde, sencillo y austero, religioso, caritativo. Sus primeras palabras desde el balcón vaticano fueron para pedir oraciones por su antecesor, por el mundo entero y por él mismo (con esa profunda inclinación -casi postración- para recibir y sumarse a la oración impetrada al Pueblo de Dios), convencido de la fuerza poderosa de esa íntima relación entre Dios y el hombre que es la plegaria. “La Iglesia entera se fue rezada a dormir”. Gesto que le define como una buena persona al servicio de los fieles y que cuenta con ellos. Sí, parece un hombre de fe.
En su primera misa pública como obispo de Roma, celebrada en la Capilla Sixtina junto a los 114 cardenales que le eligieron, en una homilía breve y sencilla, improvisada y sin citas, se veía a un pastor muy cercano al pueblo y a los propios cardenales con los que tiene que compartir el gobierno de la Iglesia. Pidió a la Iglesia que «CAMINE» para «no detenerse» e instó a los católicos a que EDIFIQUEN su fe sobre «la piedra angular que es el Señor». También les pidió que PROFESEN sus creencias cristianas de manera que no caigan en «la mundanidad del demonio»: “Podemos caminar y edificar, pero si no confesamos a Jesucristo la cosa no funciona, seremos una ONG piadosa, pero no una Iglesia esposa del Señor... Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz, cuando confesamos sin la cruz, no somos discípulos del Señor…” Los católicos no olvidamos que, a través de él habla el Buen Pastor, Jesucristo, el único Señor, que ha dirigido y sigue dirigiendo a la Iglesia a través de instrumentos humanos, con todo lo que ello conlleva.
Habrá tiempo para conocerle y para entenderle y para saber cómo quiere definir su papado, pero la trayectoria pastoral de este jesuita hispanoamericano de 76 años, hombre afable y austero, augura un pontificado con un contenido renovador. Algunos de sus primeros gestos nos hablan inequívocamente de ello. No sólo los que tuvo cuando se presentó en el balcón de la Plaza de San Pedro con una sencilla cruz de plata en el cuello (en vez de la de oro que utilizaban sus antecesores); o cuando renunció a usar el flamante vehículo a él reservado con la matricula «SCV 1». También cuando al día siguiente entró en la Basílica de Santa María la Mayor por una puerta lateral; y cuando pagó de su bolsillo la cuenta en la Casa Internacional del Clero donde había vivido los últimos días antes de entrar en el cónclave. No nos precipitemos a etiquetar al nuevo Papa. Mejor es que nos acostumbremos a leer e interpretar justamente lo que dice y lo que hace, que parece va a ser mucho y novedoso, siendo al mismo tiempo tan viejo y vivo como el Evangelio.
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