El otro día discutía con una señora, que se empeñaba en afirmar que yo la había amenazado en un escrito. Era una persona culta. Bueno, al menos tenía estudios. Ostentaba un cargo académico importante, entre cuyas funciones figuraba la de encargarse de la atención a los estudiantes.
Lo único que yo le indicaba era que si consideraba que no era de su competencia resolver lo que se le planteaba, que entonces recurriríamos a otras instancias superiores para intentar solucionarlo. Esto no es una amenaza. Solo una comunicación de que continuaríamos adelante con nuestras pretensiones. Pero ella seguía insistiendo, con evidentes signos de enfado. Entonces, sabedor de que su formación era de matemática, y sólo con la intención de utilizar un lenguaje que le fuera más conocido (sugiero leer mi artículo titulado “Las cinco claves de la comunicación”), le corté con contundencia diciendo: ¡Señora!, no insista más, que entre el cero y el uno hay infinitos puntos. Pero esta fue mi perdición. ¡A mí no me dé lecciones de matemáticas!, me dijo muy enfadada, casi a voces. ¡Pues a mí no me las dé sobre lenguaje!, le respondí. Y di por terminada la conversación.
El mundo está lleno de personajes de este tipo. Incapaces de ver los matices. Impedidos para llegar a acuerdos. El código binario lo llevan en sus genes, al igual que las computadoras. Burros con orejeras, como diría mi abuela. O cero o uno. O blanco o negro. Es lo que le ha pasado al presidente catalán y al gobierno del Partido Popular. Antes les ocurrió a los nacionalistas radicales vascos. En general es lo que sucede cuando se quiere imponer a los demás las ideas propias. Porque de eso es de lo que se trata. Todas las pantomimas realizadas para hacer como se ejercía la libertad de expresión, no son más que monsergas y excusas para ocultar la verdad. Es solo cuestión de “pelas”. Y de insolidaridad para con el resto del país. Ni Cataluña ha sido una nación con anterioridad, ni el pueblo español está coartando la libertad a nadie. Todos los pueblos tienen derecho a la autodeterminación. Sin excepción. Como también tienen derecho a separarse los cónyuges en un matrimonio, o los socios de una sociedad. Pero hay que respetar unas normas. Fundamentalmente, hay que tener en cuenta la opinión de la otra parte. ¿Alguien se ha planteado que quizás el resto de españoles tenemos derecho a expresar nuestra opinión sobre si queremos que una de sus partes se desgaje?. ¿O incluso a alguien se le ha ocurrido pensar que si esto llegara a suceder, deberían indemnizar al pueblo español por todas las inversiones que allí se han hecho a costa de, por ejemplo, las divisas de nuestros emigrantes?. En los acuerdos de separación matrimonial se fijan estas indemnizaciones, entre otras cosas, para proteger a la parte más débil.
Yo pienso que en todo lo que está sucediendo hay una trampa, además de una provocación y un aprovechamiento del momento, especialmente complicado, por el que pasamos. Es lo que en términos jurídicos se denomina “espigueo normativo”, que no es más que intentar aprovecharse de lo mejor de cada norma, desechando lo más perjudicial y sin atenerse al conjunto de cada una de ellas. A los catalanes de Mas les interesan los tribunales de justicia, pero para que les declaren su derecho a la libertad de expresión. No para que les indiquen que la soberanía reside en el pueblo español. Ellos bordean la legislación hasta forzar la intervención penal. Pero cuando se tramita la querella, se presentan como víctimas. Quieren opinar, pero no que opinemos los demás. Utilizan las instituciones públicas para lo que les interesa, pero no quieren que las utilicen los demás.
La historia nos enseña que la mayoría de procesos de independencia se han fraguado tras largas contiendas armadas. La última en Europa, la de los Balcanes, aún sangra por sus heridas, después de dejar por el camino millones de muertos y de sembrar el veneno del odio entre sus habitantes para muchas generaciones. En España, aún no se han cerrado las heridas de la última contienda civil. Como tampoco se han cerrado las que ha dejado el terrorismo vasco. Ya se sabe que muchas naciones modernas han sido el resultado de decisiones interesadas de las grandes potencias, o fruto de conquistas bélicas, de cuando el derecho internacional reconocía esta posibilidad. Pero volver atrás nos llevaría a callejones sin salida. ¿Acaso 900 años en Al-Ándalus le otorga algún derecho sobre España a las naciones árabes?.
Efectivamente, no hay otro camino que el del diálogo. Pretender hacer las cosas a las bravas, sin respetar los procedimientos, y esperar que las instituciones del Estado no respondan con contundencia, es de ilusos. Pero más de ilusos es considerar que porque el Fiscal General del Estado presente una querella, el asunto va a acabar. Se impone un cambio de régimen. También de estructura territorial de nuestro país. Pero creo que los viejos dirigentes ya deben retirarse, para dejar paso a las nuevas generaciones. Quizás en ellas haya menos prejuicios para construir la España del futuro. Es lo que necesitamos.
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