Todo buen español debería mear siempre mirando a Inglaterra”. Con esta frase definía su amor por los ingleses uno de los hombres que más glorias ha dado a España, Blas de Lezo. Ahora parece que el punto de mira de nuestro mingitorio debe desplazarse hacia el interior, porque, a tenor de lo que está sucediendo, a nadie se le escapa que los mayores enemigos de España están en España.
Las amenazas a las que se enfrenta España no vienen exclusivamente del exterior. Este país se ha convertido en un hervidero de majaderos con ocurrencias propias de un patio de colegio, pero con una nocividad que ya quisieran para sí muchos ejércitos.
Ser políticamente correcto hasta el hastío, y no hablar de amigos y enemigos de España es situarse en la inmoralidad e injusticia de tratar por igual a quien no lo es. España tiene amigos, que son aquellos que respetan el estado de derecho establecido desde la Constitución de 1978; y también tiene enemigos que son los que se la pasan por la bragadura.
Pero enemigo de España no es sólo un radical preconizando barbaridades desde la quinta columna, también lo es un corrupto en el gobierno, un empresario inductor, un connivente en la oposición, un juez politizado, un exJEMAD haciendo manitas con los asesinos de sus compatriotas, un monarca con un picadero en suiza, y todos aquellos que odian y persiguen a la otra mitad de españoles por pensar diferente.
El próximo 20-D no se va a dirimir una forma de gobierno, se va a decidir si seguirá siendo España o no. Si a España la van a seguir construyendo españoles, o destruyendo aquellos que desprecian la identidad española. No hablo de izquierdas o derechas, sino de españoles y enemigos de España, y no hace falta esclarecer mucho para saber qué partidos están en un lado y cuáles en otro.
Esta vez el voto no va a ser una misiva cargada de buenas intenciones, sino un certificado sobre el futuro de España, o una nota luctuosa de duelo por lo que va a acontecer. Nadie en su sano juicio espera que un gobierno donde tengan parte los radicales sea capaz, no ya de solucionar problemas, sino de no crearlos. A la cercana, breve y deplorable historia de sus gobiernos locales y regionales me remito, donde lo que más ha abundado ha sido la intolerancia, el incumplimiento, los gestos chulescos, la ley del embudo, el insulto y el desgobierno.
Resulta curioso que a estas alturas de la travesía la izquierda política española haya sufrido más desgaste que el propio gobierno, y que el que va a salir ganando por tanto descrédito es la aparición mesiánica de un partido del que nadie, realmente, sabe nada, Ciudadanos ¿Serán amigos de España?
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