Cada día se repite la misma escena. Los menores marroquíes que están viviendo en el Monte Hacho, en chabolas de plástico y maderos construidas por ellos, bajan la cuesta de San Antonio para buscar alimento entre los contenedores. Su sendero se detiene en las estaciones de Valdeaguas, San Antonio, San Amaro y el parque. Hasta allí bajan para rebuscar entre las basuras y guardar en bolsas de plástico lo que les sirve; después vuelven a repetir el camino pero a la inversa, regresando a sus chabolas.
Esta situación se repite todos los días, mañana y tarde, ante los ojos de todo aquel que quiera verlo. Alguno de estos MENA son ex ocupantes del albergue de Hadú que, tal y como explicaron en el reportaje que publicó El Faro la semana pasada, han optado por dejar el centro al manifestar que otros marroquíes les amedrentan e incluso les roban y pegan. Junto a ellos viven otros que tras entrar en la ciudad no han pasado por el albergue de Hadú. Todos coinciden en lo mismo, en mantener el objetivo de marchar a la península. Que permanezcan en el Hacho tiene una explicación: su idea es la de colarse en los camiones que trasladan los residuos a la península, siguiendo la tónica de otros.
Mientras esperan ese pase, el sendero de los MENA se repite día y noche, buscando la manera de continuar en una situación que alimenta un riesgo para sus vidas.
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