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El relato de Alejandría

A h de las voces del desierto! ¡Atentas las luces de la temprana Alejandría! No es nostalgia por lo que mi alma palpita, sino por la cercanía y aliento de los libros más sinceros.
Mañana, sin falta, cruzaré los muros y me adentraré en la ciudad cuya biblioteca es conocida a los cuatro vientos. 10.000 cuadernos obran en sus estantes. 10.000 obras de tacto suave. 10.000 reliquias, que el fecundo amanuense dio por corona, esperan la hora del pensador, mientras éste se abastece por las calles.
Esas calles me vieron nacer y me vieron partir, pues hay algo más allá de la luz que ven los ojos: es el espíritu de aventura. Aventuras son las palabras y son los caminos; solo si seguimos la senda adecuada viajaremos al corazón de los libros.
Ante las luces del firmamento diré lo que siempre pensé: la vida es otra si sabemos reconocer los errores. Debemos desdecirnos y descender a los infiernos, y conocer de cerca los sinsabores.
Ahora, los espíritus de lejanas tierras motivan mi memoria y se reflejan en las luces del cielo, impregnando mi vista con estampas de felicidad encendida.
En los albores de la humanidad, un enviado del cielo escondió el libro con que vencer al dueño de los enojos, y ahora soy yo quien lo busca, quien conoce su existencia, sus verdades y sus aciertos.
Ahora, estoy solo, al abrigo de la esperanza. No es locura lo que en castidad de alimento se escucha: son las voces del perdón. ¿Y qué decir de la castidad de palabra?
Hermano de los justos soy por la altura de mis razones, ya que hay palabras que se comportan como sentimientos, y hay sentimientos que se comportan como palabras.
Pero..., ¿hay filosofía que apague el hambre?
¡Ah de la humildad compartida, del hospitalario valle!
Muchos amigos atesoré en el confín de mi encierro, por los caminos inadvertidos. Santos son los lugares por los que pasan los esperanzados. Llegará el día en que los libros descubran el reinado de la virtud, sobre lo incierto y lo inadecuado.
Mañana entraré en la ciudad y repetiré mi deseo, por si alguien lo olvidó: si quisiera volar habría elegido ser ave; como lo que quiero es soñar y leer elegí ser monje. Monje de las cuevas de Egipto, donde el paisaje se confunde con el retablo de las estaciones.
Bajo el pórtico de entrada prestaré juramento de amor y respeto, en honor a aquellos que hicieron de las letras un arte. Tanto más en honor de los que vivieron la sed y la inanición.
Es hora de exponer mi verdad en el mercado de las variedades. Mañana dará comienzo mi historia, que por grave habrá quien la oiga, y que por otra habrá quien la cante.”
Nuestro personaje hará sonar su campanilla para vencer el hambre: “¡Ah del pan y el huevo duro! ¡Que no paren, que no paren!”.
10.000 libros que saben a poco.

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