La última emboscada sufrida por agentes de la UPR en el Príncipe ha vuelto a traer al primer escenario el conflicto que algunos quieren generar y mantener en el barrio.
Hay quienes consideran que la zona es suya y como tal quieren que continúe siéndolo. Que las fuerzas de seguridad hagan acto de presencia entorpece sus planes, que quienes simbolizan las normas estén allí atenta contra su ideario. No son todos, pero su voz se hace fuerte.
No son todos, pero terminan manchando a toda la barriada. No son todos, pero terminan haciendo daño a los demás. El presidente de la barriada ha condenado lo sucedido. Como también los últimos ataques al sector de autobuses y como atrás lo hizo cuando el objetivo fueron los Bomberos.
Existe una pretensión manifiesta de un sector por hacerse fuerte en la zona, atacar todo lo que ellos consideren que deben atacar y pretender imponer su ley en un barrio que no se merece esto. Creo no equivocarme si con las amenazas vertidas contra los policías que subieron a detener a un acusado de violencia familiar pretendían hacer que esos agentes no suban más al barrio.
Creo no equivocarme si el objetivo al atacar emblemas concretos vinculados a distintos sectores no es más que tener ellos su poder
Creo no equivocarme cuando asevero que quienes están detrás de estas algaradas no quieren a su propio barrio, porque las consecuencias que están provocando en gente de bien, que la hay y mucha, son graves. El barrio se quedó más de un día sin autobús por culpa de unos pocos.
En ese episodio se les tildó de niñatos. El barrio se quedó sin la llegada de los Bomberos salvo que fueran escoltados por culpa de otros pocos. En ese episodio eran algo más que niñatos.
El barrio puede arriesgarse a quedarse sin presencia de un subgrupo policial permanente por culpa de esos pocos que quieren que aquello esté bajo su control, en donde si ellos no quieren no se puede ni detener, ni aplicar la ley porque allí esta entra con etiquetas.
El Príncipe no se merece esto, ni sus vecinos tampoco. No se lo merecen porque no es justo que el control que quieren imponer unos se vuelva contra quienes no quieren violencia hasta el punto de arrebatarles sus propios derechos.
Las generalizaciones injustas dan lugar a decisiones igual de injustas, a que los justos paguen las acciones de los pecadores, empecinados en convertir el barrio en su propio fortín, objeto de sus intencionalidades e intereses.
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