Se atribuye al autor ingles Edward Bulwer-Lytton la frase “La pluma es más poderosa que la espada” (The pen is mightier than the sword).
Esto es así, aunque algunos se empeñen en silenciarla con la violencia. Todos estamos consternados con el brutal atentado de París contra el semanario Charlie Hebdo, en el que unos jóvenes fanatizados y, sin duda, manipulados, han querido mostrar la crueldad de su pensamiento. Aunque no son los únicos. El pasado año se asesinaron en el mundo 118 periodistas (9 de ellos en Europa). Pero también hay otras formas de intentar silenciar la libertad de expresión.
La libertad de expresión es una de las grandes conquistas de la sociedad y la piedra angular sobre la que se asientan las democracias. De esto no hay duda. Su verdadero valor lo saben apreciar bien aquellos que vivieron, y sufrieron persecución, bajo la dictadura franquista, en el caso de España; y los que aún viven en regímenes políticos en los que una opinión puede equivaler a años de prisión, tortura, o incluso la muerte. Pero también con la excusa de la libertad de expresión se pueden cometer atropellos e injusticias, difícilmente justificables, y violentar otros derechos, como el del honor, la imagen, o la libertad ideológica, religiosa y de culto, por citar sólo algunos. En ese caso han de ser los Tribunales de Justicia los que deben resolver la cuestión. ¿Tan graves han sido las caricaturas de Charlie Hebdo como para provocar una venganza tan extrema?
Como ya he dejado escrito en otras ocasiones, jurídicamente hablando, el asunto viene de antiguo, pues se trata del debate doctrinal, intenso y profundo, en torno a los diferentes derechos que amparan y protegen las distintas Constituciones y Declaraciones Universales de Derechos; así como a los límites en su ejercicio, que remontándonos en el tiempo podría llegar incluso a los orígenes del iusnaturalismo. El problema es casi siempre fijar estos límites, pues aunque se reconoce que los mismos han de estar en el respeto a los otros principios, sin embargo, cuando se enfrentan dos derechos, igual de importantes, a veces no se sabe establecer cuál debe prevalecer, si el derecho a la información veraz, o incluso a la crítica mordaz, o el respecto a los demás. En el presente caso, las versiones más rigoristas del Islam, entienden como una profanación grave al Profeta las caricaturas realizadas. El problema ha sido utilizar los recursos que facilitan las sociedades democráticas, para tomarse la justicia por su mano, haciéndolo además en forma de extrema violencia. Si alguien se sentía herido en su honor, debería de haber cursado la correspondiente denuncia judicial contra la revista. Pero, adentrándonos en conceptos tan confusos como lo “sagrado” o lo “divino”, ¿acaso hay algo más sagrado que la vida humana?. Desgraciadamente, aún hay bastantes personas en el mundo, además de grupos ideológicos o religiosos, que no le dan ningún valor.
Considero que la profesión de periodista es totalmente necesaria en las sociedades actuales y debemos protegerla. Es apasionante, aunque de alto riesgo. Y no me refiero sólo a los peligros que les acechan en los países dominados por terribles dictaduras, o asolados por largos conflictos bélicos. Fundamentalmente me preocupan los riesgos a los que está sometida en nuestras cómodas y desarrolladas sociedades occidentales. Como escribe Marta Barcenilla, a propósito del salvaje atentado de Paris, “libertad de prensa no son medios de comunicación públicos que sólo trabajan para los partidos en el Gobierno y mucho menos son salarios de miseria, sin ninguna garantía laboral, que obligan a vender tu pluma al mejor postor, sin preguntas, sin respuestas, sin cuestionarte más que si este mes podrás pagar el alquiler y los gastos fijos, o tendrás que volver a poner copas después de trabajar 10 horas como freelance para poder pagar la factura de la luz... Eso no es libertad de prensa”.
Mi respeto y admiración para esas personas que se juegan la vida a diario por mantenernos informados de lo que ocurre en el mundo. Mi desprecio más absoluto para aquellos que comercian con la información para manipular a las sociedades. También para aquellos gobiernos que pretenden amordazar a los movimientos sociales con normativas cada vez más estrictas, que atacan claramente el derecho a la libertad de expresión, con la excusa de la necesidad de una mayor seguridad.
Al igual que ocurrió con otros atentados anteriores, pero similares al actual, hemos de reaccionar y unir fuerzas para defendernos de los fanatismos. También de los internos. De esos que permanecen agazapados en forma de nuevos fascismos aunque buscando el menor resquicio para restringir las libertades, fomentar el odio al diferente y la xenofobia, e imponer los totalitarismos. Unos y otros beben de las mismas fuentes, a saber, las de la irracionalidad y la desesperación de las gentes. Como demócratas nos corresponde cerrar filas con los periodistas honestos, así como con todos aquellos que se esfuerzan en transmitir sus ideas solo a través de sus palabras.
Hoy más que nunca, hagamos que nuestras plumas sean más poderosas que nuestras espadas. Será el mejor homenaje a las personas que han perdido su vida, y la mejor defensa de nuestra Democracia.
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