El mundo suspendido en un sueño

Ara Malikian y su banda cautivan al público ceutí con un concierto genial Mientras el violín de Ara Malikian, la viola de Humberto Armas, la guitarra de Luis Gallo y el contrabajo de Alberto Román sonaban, el mundo parecía frenarse y retroceder a tiempos remotos; o viajar hasta el siglo de las luces; o sublevarse contra el ruido; o perderse por los paisanajes de los sueños.
Qué barbaridad, qué mesura, qué pasión, qué duende, qué concierto el que ofreció anoche el violinista armenio quien, acompañado de su banda, encandiló al público ceutí desde que hiciera acto de presencia sobre la tarima del Teatro Auditorio del Revellín, pasados siete minutos sobre las nueve de la noche.
Acudía Ara Malikian catalogado por la crítica y público de buena parte de la geografía mundial como uno de los más brillantes y expresivos violinistas de su generación y, lejos de quedarle grande el traje, al artista parece haberle quedado pequeño incluso el propio mundo, circunstancia que tal vez explique que todo lo que él crea así como cuanto le rodea se asemeje más a esencias oníricas, a veces borrosas, siempre suaves y tintadas en briznas de 'Colores', como se llamó el espectáculo que presentó anoche, que a la mediocridad de nuestra Era.
Poseedor de un estilo propio, forjado a partir de sus orígenes y ricas vivencias musicales, su violín se alzó desde el inmundo firmamento hasta perderse por los confines, todo ello empujado con temas excelsos como La danza del sable, La danza húngara o La rapsodia ceutí número 3, título éste que decidió sobre el mismo escenario y tras narrar una historia marcada por la ironía sublime, el humor inteligente y la belleza de las palabras, virtudes de las que también hizo gala.
Para entonces, el concierto se había embarcado ya en un viaje musical inspirado en la senda de los zíngaros a través de toda Europa, desde la India a España, donde hubo espacio para que surgiera también el flamenco. "Amo el colorido del encuentro entre las diversas culturas", reconoció Ara justo antes de que contara (otra más) una preciosa historia en la que la protagonista era la maleta olvidada en Siria por su propio abuelo, al que no llegó a conocer: dentro descubrió una nota musical que él tradujo posteriormente en preciosa melodía.
Con inagotable magia musical y humana, Malikian no escatimó esfuerzos en profundizar en sus propias raíces armenias y mostrar pinceladas de la música de otras culturas del Medio Oriente (árabe y judía), Centro Europa (gitana y kletzmer), Argentina (tango) y España (flamenco), todo ello dentro de un halo tan mágico, tan hermoso, tan atrayente que, definitivamente, certificó que, por espacio de una hora y media, tiempo que duró el concierto, el mundo había quedado suspendido en un sueño.

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