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El mensaje imposible del rey

El mensaje navideño del Rey adolece cada año de la misma disfunción: cuando lo escuchan, los ciudadanos saben de qué está hablando el monarca, pero el monarca, no. Cuando, como la otra noche, se refiere al paro, a la miseria o a la exclusión social, obviamente habla de oídas, muy de oídas, de suerte que la aportación de su discurso a la descripción de la realidad es nula, y no digamos a su mejoramiento. Si en vez de limitarse a leer al cabo del año un discurso peor o mejor escrito, se hubiera implicado personalmente a lo largo de él en las causas que supuestamente le preocupan y afligen, y, dentro de sus limitaciones institucionales y políticas, que no son tan estrechas como se cree, hubiera fustigado abiertamente la corrupción, o promovido el cese de tantos criminales desahucios, o entregado una parte de su gran fortuna en socorro de los que en España vuelven a pasar hambre y frío, o visitado de incógnito (del máximo incógnito posible, dada su poco enmascarable fisonomía) los barrios obreros azotados por el paro, los pueblos y aldeas en trance de irse al garete por el desplome de los precios agrarios, alguna de las innumerables manifestaciones de ciudadanos humillados y ofendidos, las agónicas comarcas mineras, las atestadas urgencias de los hospitales, o, en fin, cualquier otro diorama de la realidad social del país cuya jefatura al parecer ostenta, y se hubiera pronunciado con conocimiento de causa sobre el resultado en su ánimo de esas visitas, sus palabras navideñas habrían sido entendidas, cuando menos, por él.
Los cambios escenográficos del mensaje (erguido para sugerir vigor, en su despacho para transmitir la idea de trabajo) no son suficientes, pero ni siquiera necesarios, para modificar positivamente la opinión que del monarca y de su institución tienen cada vez más españoles, una opinión fundamentada en lo que el rey hace o deja de hacer, y no en lo que dice, como es natural. Pero si, encima, en ese discurso cuyo objetivo es impartir doctrina y galvanizar los ánimos decaidísimos, no se menciona para nada la corrupción, que no sólo está el origen de las calamidades que hoy sufrimos, sino que ha salpicado a la propia Familia Real, entonces esa charla carece enteramente, más allá de su fría corrección canónica, de credibilidad.
El mensaje real no llega a su destino porque no lo es, o sea, real, y porque ninguna carta llega a su destino si no se le pone el sello, con la propia imagen del rey en tantos casos. El sello que le falta al mensaje navideño del rey, todos los años, no es otro que el de la autenticidad.

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