Categorías: Opinión

El medrador

El Presidente de la Ciudad, el hombre apacible por antonomasia, ha hecho un breve paréntesis en su impecable trayectoria de cordialidad para insultarme. Me parece una magnífica iniciativa. Es mucho mejor y más clarificador hacer las cosas directamente. Y sobre todo más barato para la ciudadanía. De este modo se puede ahorrar todos los fondos públicos invertidos en pagar desdichados tiralevitas que ejercen de articulistas a sueldo, desvergonzados enchufados que se dedican a la política en sus horas de trabajo, e inútiles cargos públicos, oficiantes de estómagos agradecidos, que se afanan obsesivamente en procurar la felicidad de su benefactor.
En cualquier caso, lo que no se le puede negar, en esta nueva faceta, es una prodigiosa originalidad. Me ha acusado de medrar durante ¡treinta años! Desde hace veinticinco años milito orgullosamente en el PSPC, partido modesto donde los haya, defendiendo, junto a un reducido y excelente grupo humano de cualidades inimitables, un conjunto de ideas y principios inalterables, que podríamos resumir en la defensa a ultranza de Ceuta desde una orientación progresista. Hace casi doce años que somos un partido sin representación en la Asamblea. A pesar de ello, hemos seguido trabajando con denuedo, ilusión y entusiasmo por nuestra tierra. Financiamos nuestro partido con nuestro dinero y nuestro esfuerzo. Nunca hemos sucumbido ofertas que pudieran adulterar nuestras esencias (no han faltado oportunidades). Ni vivimos de la política ni nos aprovechamos de ella. Personalmente, y desde hace más de veintisiete años, a las ocho y cuarto de cada mañana estoy en el instituto. El mismo de siempre.
No obstante, lo más sorprendente del insulto proferido por el Presidente no es su palmario divorcio de la realidad, sino la absoluta falta de autoridad moral de su autor para tal menester. Si existe una carrera política en Ceuta digna de otorgar a su protagonista la condición de paradigma de medrador, esa es la de Juan Vivas. Es cierto que el pasado no debe vincular a las personas hasta su inhabilitación. Errar es un derecho. Pero de ahí a reescribir la historia para presumir de lo contrario de lo que se hizo, media un insondable abismo. Interrumpamos por un momento la amnesia colectiva.
Juan Vivas descubrió su tardía vocación política a los cuarenta y seis años. Antes, siempre pensaba como el que mandaba. Muy cercano al PSOE de Felipe González. Apoyó el localismo cuando estaba de moda. Y finalmente muy identificado con el PP cuando Aznar tenía mayoría absoluta. Decidió incorporarse a la lista del PP con el número cinco, en mil novecientos noventa y nueve, aceptando el ofrecimiento de Jesús Fortes, y con la intención de blindarse ante el irremediable aterrizaje del GIL. Así, sin pagar una cuota ni pegar un cartel, y adelantando a los afiliados que durante muchos años se habían batido el cobre en condiciones muy adversas, se convirtió en concejal. No era suficiente. Al año y medio, bajo las faldas del plenipotenciario Delegado del Gobierno, y mediante la operación de fontanería más turbia de la democracia en Ceuta, defenestró a Fortes, se alió con medio GIL, y se convirtió en Presidente. Quedará para los anales la imagen de Vivas apadrinando a un personaje como Simarro, un producto típico de la política local: llegó, le tomo en pelo a los ceutíes, se forró y se marchó. Una vez cumplida su misión, Luis Vicente Moro cayó en desgracia (aún resuena el eco de su soledad en un banquillo de acusados). Entonces interesaba Pedro Gordillo que, con su peculiar estilo, le cuidaba la calle y el partido. Hasta que también le sobró. Se alió con la suerte (a cualquier cosa se le llama suerte) y Pedro Gordillo desapareció, escarnecido y humillado. Ahora también es Presidente del Partido. Impresionante.
La evolución de Juan Vivas desde que accedió a la presidencia es deprimente. Quien tuvo la ocasión perfecta de marcar un camino de futuro para Ceuta, contando con un respaldo político impensable y unas condiciones objetivas inmejorables, se dejo caer por una destructiva pendiente de valores, empujado por corruptos y adulado por ignorantes, hasta llevar nuestra Ciudad a una repugnante ciénaga de inmoralidad. Sólo en este contexto se puede explicar su conducta reciente. Está traspasando una peligrosa línea roja, faltándose al respeto a sí mismo.
Aunque nunca es tarde para rectificar. A nuestro Presidente le convendría hacer un viaje a solas con su conciencia (ni en crucero, ni a una finca andaluza). Olvidarse por un instante del halago fácil. Escribir en un papel blanco los nombres de las personas que le influyen, en las que confía, en las que se apoya. Y después, leerlos con calma y detenimiento. Ser sincero consigo mismo, sacar conclusiones y actuar. Juan Vivas (persona) y el pueblo de Ceuta, se lo agradecerán.

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