Hace no tantas semanas se hablaba de un Barça brillantísimo, uno de los mejores de todos los tiempos, casi imposible de batir como reflejaba su imponente récord de imbatibilidad, ya histórico.
Parecía que los culés campearían sin dificultades hacia un nuevo triplete, el segundo consecutivo y el tercero en su particular cómputo global. Sin embargo, el camino se torció transmitiendo sensaciones muy parecidas a las que surgieron en el último año de Carlo Ancelotti al mando de los madridistas, quienes pasaron de la fascinación de un juego extraordinario a una decepción insondable. El Barcelona cayó ante el Real Madrid en el Camp Nou y, a partir de ese momento, la cuesta hacia abajo fue imparable. Tras la estocada de los merengues, el equipo catalán hincó las rodillas en los cuartos de final de la Copa de Europa ante un Atlético que no perdió su oportunidad de dinamitar un cruce peligroso para cualquiera.
Aquel lapso era muy peligroso, ya se advirtió en esta misma columna cuando pocos podían pensar que los de Luis Enrique eran intocables. En pocos días los culés debían enfrentarse a dos baluartes del fútbol europeo y su derrota ante cualquiera de ellos podía afectarles seriamente. Lo que aún menos seguidores podían imaginarse es el que resultado fuera tan catastrófico, la peor de las combinaciones para ellos sin ninguna duda. El Barça, que aventajaba en más de diez puntos a dichos contendientes en la liga española, entró en un decaimiento tan profundo que, además de ser eliminado de la Copa de Europa, en pocas jornadas desperdició su diferencia, la cual se redujo drásticamente hasta el coliderato de la competición junto al Atlético de Madrid y la paupérrima ventaja de un solo punto sobre el Real Madrid. Únicamente el “goal average” sirve de consuelo a un Barça al borde del KO más absoluto e impredecible.
Como es frecuente, a partir de las derrotas comienzan a ser reseñados aquellos detalles que antes, cuando las victorias abundaban, se ignoraban. Ahora parece molestar la actitud chulesca de Luis Enrique en las ruedas de prensa, que estuvo presente cuando el Barça deslumbraba. Se achaca una pésima planificación de la temporada tanto en la confección de la plantilla (haciendo hincapié en el banquillo) como en la preparación física de los jugadores. La primera cuestión ya surgió el año pasado y no fue óbice para ganar el triplete, así como también se ha dado este mismo año en los momentos más relucientes de los culés. Lo segundo sí es más preocupante, ya que si bien es cierto que la temporada pasada se planteó de forma excepcional, en esta ha ocurrido justo lo contrario, iniciándose y progresando con un ritmo sobresaliente (pese a sus defectos, principalmente defensivos) que ha concluido en un bajón extremo del que Luis Enrique y sus futbolistas han de salir cuanto antes si no quieren quedarse con las manos vacías.
Aparte de lo físico existe un asunto en el que pocos han reparado: la preparación psicológica. Creo que uno de los mayores errores de Luis Enrique ha sido el de no llevar a cabo la correcta mentalización de sus jugadores de cara a las potenciales derrotas. Inmersos en una espiral de constantes éxitos, pienso que los chicos del Barcelona no estaban prevenidos ante una serie de traspiés tan demoledora como la que ha sucedido. Es verdad que ahora cualquiera puede juzgar la trayectoria una vez sucedida, pero pienso que el trabajo psicológico ha de desarrollarse en cada tramo de la temporada, pues en casi todas suele aparecer algún bache para el que todo equipo ha de estar listo. El Barcelona no lo ha estado, y eso debe ser corregido en el futuro con máxima urgencia para afrontar los retos que puedan estar enredados en posibles circunstancias adversas.
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