Punto y final. Quieren pasar página aunque lamentan que nada ni nadie podrá recompensar lo que han sufrido durante estos años por “una historia inventada” que “ha destrozado a mucha gente inocente”
Ahora que la Audiencia Nacional ha dictado sentencia, en las cabezas de los vecinos del Príncipe acusados de terrorismo se amontonan decenas de imágenes y de situaciones salpicadas por la humillación sin ni siquiera saber el porqué, siendo inocentes y asistiendo a un juicio paralelo que les ha marcado de por vida: el de las personas que siempre les señalarán como “acusados de terroristas” aunque hayan quedado absueltos. Por eso tapan sus rostros. Quieren pasar página, pero antes también quieren aclarar lo que han sacado como conclusión después de seis años de lucha tratando de demostrar su inocencia, siendo encerrados en la cárcel “más de dos años y aislados saliendo al patio una hora al día”. Dicen que quieren que la gente sepa la verdad. Que el gobierno español invirtió mucho dinero para la lucha contra el terrorismo y los encargados y responsables tenían que justificar esa inversión del Estado. “Dijeron que existían células terroristas durmientes que podían actuar en cualquier momento para después detener a gente inocente que está muy lejos de ser así, porque para ser terrorista hay que instruirse y entrenarse y todos son padres de familia mayoritariamente en paro que no tienen tiempo más que de pensar en llegar a fin de mes”. Dicen que se les ha juzgado por practicar una religión. No hay más. Aseguran que todo ha sido una historia inventada. Lo dijeron en el momento de la detención sus familias defendiendo su inocencia a toda costa. Se lo dijeron a los agentes que entraron en sus casas “arrasando con todo y tratándonos como animales delante de nuestros hijos o madres y padres, en busca de pruebas que no existían”. Se lo dijeron a Garzón cuando vino a Ceuta pues “él fue quién dio la orden de la puesta en marcha de esta operación basada en intereses que posteriormente comprendimos”. Y también se lo dijeron a la jueza que arbitró el caso y que resolvió un mes después de su visto para sentencia decidiendo absolverlos. “No le hicimos daño a nadie pero lo que nos han hecho... ha sido terrible y no lo vamos a superar nunca”, explica Turia, mujer de Ahmed, uno de los acusados que pasó más de dos años encarcelado y sacando adelante ella a sus cinco hijos. “He luchado, he llorado y he suplicado. Se ha hecho justicia sí, pero lo más importante es la justicia divina y si ellos tienen conciencia, ya se están remordiendo por dentro”, explica. Ya no temen nada. Con ellos, tanto ella como Nayat, hermana de otros dos acusados, se refieren a “corruptos a los que debían pagar dinero por meter en la cárcel a supuestos terroristas o al imán que les acusó, seguramente a cambio de papeles o de una residencia en España”. Él era uno de los testigos protegidos que no apareció en el juicio “por pura vergüenza, ya creemos, porque incluso los policías que testificaron dijeron no acordarse de nada. No van a decir que todo es mentira porque entendemos que ellos cumplen órdenes... pero ya en sus caras se veía el arrepentimiento”, apuntan. Dicen que han luchado, que han pasado mucho, pero eso no hay justicia ni dinero que lo pague. Hablan de la falta de motivos, razones, pruebas... y recuerdan al propio Garzón cómo “en nuestra cara, el día que fuimos a hablar con él para pedir que liberara a los encarcelados, nos dijo que no habría problema, que eran inocentes”. Y hasta el martes no se demostró. La familia de dos de los acusados dice que han asistido a un concepto de cambio del término Justicia: “Antes una persona era inocente hasta que se demostraba lo contrario y ahora una persona es culpable hasta que se demuestra lo contrario”. Eso pesa, aseguran. Pesa en la comunidad en la que viven “porque muchos ya te tachan de islamista, de yihadista... e incluso pesa a la hora de trabajar”, reconocen. Consideran que los que piensan si los han metido presos por algo será son “personas ignorantes” pero al fin y al cabo “no nos importa lo que piensen, nos importa un daño que nadie podrá borrar ya en nuestras vidas. Han destrozado familias... ¿o acaso se piensan que por ser moros no tenemos sentimientos y somos animales a los que se les puede acusar de algo como si tal cosa?”, se lamentan. Penan por todos estos años de dolor gratuito porque “son moros, pobres animalitos, ¿qué pueden hacer frente a un prestigioso juez que debe ayudar al Gobierno a justificar la lucha contra el terrorismo islamista?”. Pues lo que han hecho, es finalmente demostrar que ellos tenían razón y que eran inocentes. Aseguran que ellos respetan las religiones, las iglesias con las que han convivido toda la vida sin atentar contra ellas “o tirar un huevo porque eso es impensable, hay que respetar”, e incluso “respetamos a Jesús como hijo de María y no de Dios, porque es un profeta”. Dicen que “no somos terroristas”. Se defienden y lanzan la pelota al otro tejado, el de los intereses que se esconden tras toda la trama de la Operación Duna, de la que tan sólo se ve la punta del iceberg. “Ellos son los terroristas, por tratar de infundir miedo contra los musulmanes y a pesar de que Garzón al final se ha sentado en el banquillo, si se sentara a causa de esto, nunca podría entendernos ni pasar por lo que hemos pasado, porque nosotros éramos inocentes y él ha sido culpable de todo esto”. Para ellos la justicia ya ha llegado. “La civil, al menos lo ha hecho aunque tarde, pero la divina, que en esa sí creemos realmente, llegará”, sentencian. Explican que todo acaba pero “la huella no se borra” y que “la gente quiere películas y nos han hecho protagonistas por la cara”. Sin pruebas, con testimonios faltos de memoria y con un imán que era clave en todo el asunto por haberles acusado uno por uno y que finalmente no apareció en la sala. A él le acusan de “posiblemente haberse vendido a cambio de papeles porque era de Marruecos”. Duna cierra la puerta, esperan que para siempre.
Mustafa Abderrahaman, condena por robo
La sentencia dicta finalmente una condena de tres años y seis meses para Mustafa Abderrahaman por robo con intimidación en grado de tentativa, un tiempo que se restará al que ya ha permanecido en prisión y que se recurrirá. Su familia asegura que él no robó nada, que paró al ver que un coche, el de los supuestos ladrones, había embestido a otro, para socorrer si fuera necesario y que ellos pensaron que era también uno de los ladrones. Aseguran que el día de la detención, uno de los agentes les quitó a sus padres un dinero que tenían ahorrado para ir a La Meca y dijeron: “Esto es el dinero que has robado”, sin ni siquiera saber de lo que hablaban. Incluso un día, un agente secreto le ofreció venderle C4 “a lo que mi hermano contestó que en cuánto le dejaba el coche respondiendo el agente que era un explosivo. Este es un ejemplo, real, de lo terrorista que es”.
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