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El fondo marino del Pineo, ajardinado alrededor de la Imagen submarina

Son ya más de cincuenta años desde que la imagen submarina de la Virgen del Carmen se posara 14 metros bajo el agua en las inmediaciones de la roca del Pineo. Desde entonces, los buceadores caballas no han faltado ni un año a la cita con su patrona. Y ahí estaban ayer, con cerca de 20 embarcaciones, para visitar a la patrona del mar en su elemento natural y ofrecerle decenas de ramos de flores, con mucho cuidado. La federación de buceo, clubes como el CAS, el Ceuta Diving Center, el Neptuno o el Sirena Diving, incluso miembros del GEAS de la Guardia Civil y la Cruz Roja se dieron cita ayer a mediodía.
“Van de uno en uno, cada grupo espera al que está antes. Así no se amontonan y no se revuelve el fondo marino con el movimiento”, cuenta Juan Carlos Rivas, presidente de la Federación de Actividades Subacuáticas, que este año tiene que contemplar la ofrenda desde el barco por lesión. Da igual, en parte, porque otros muchos han podido sumergirse, como es el caso de Jaime Hoyos, que se ha enfundado el neopreno y ha cargado las botellas a su espalda para saltar desde el ‘Desnarigado’. Este parece ser el barco de las familias, puesto que está poblado de padres y niños que nadan mejor que andan, además de las imprescindibles abuelas todoterreno que han cargado las provisiones de comida y bebida.
Llega el momento, y el ‘Desnarigado’ echa el ancla frente a la roca del Pineo, popularmente llamado como ‘el toro sentado’. Los buzos se lanzan al agua desde las diferentes embarcaciones, y tiene lugar el mismo ritual de todos los años.
Ya en el agua, desde el barco les lanzan las flores y las coronas, que sumergen con ellos. Y se encuentran con la imagen de plomo de la virgen, “muy pequeña, 60 ó como mucho 70 centímetros”, según explica Raúl Maese. Por eso, en cuanto se le colocan tres coronas, la virgen queda cubierta. “Bueno, intentamos que al menos se le vea la cara que, por cierto, dicen que el modelo fue una mujer que aún vive”, continúa Maese. “Es para verlo, alrededor se echan todos los ramos, y queda como si fuera un jardín bajo el agua”, describe el  buceador justo después de regresar de las profundidades, donde se han quedado todo el tiempo que las botellas se lo permiten.
Hay, para cada ‘hombre del agua’, un momento especial, el de la soledad, de mirarse a uno mismo. Sucede justo después de entregar la ofrenda. Es la ocasión de dar las gracias a la señora de los mares por su protección, de rezarle una oración, o de acordarse de los hombres del mar cuyas cenizas yacen ahí. Justo donde una lápida a escasos metros tiene inscritos los nombres de quienes otros años bucearon con ellos y ya no están. “Cada uno lo suyo. Unos tocan a la virgen, otros se arrodillan en el fondo del mar, depende”, concluye Maese.
La mañana es de celebración, y los que no se sumergen tienen preparado el bañador para nadar dentro del círculo que dibujan las embarcaciones, para darse un chapuzón antes de volver a comer, antes de seguir festejando por la tarde con la procesión.

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